Mi primera parada tras esa humillación fue hace veinticuatro horas.
Mi lujoso piso. Un cartel me espera en su entrada. Una hoja del juzgado con orden de embargo. Lo arranco con furia, e intento una y otra vez que me abra la cerradura. No puedo. Por suerte aun me queda mi fiel amigo, el coche. Con un arranque que deja marca en el asfalto salgo envenenado hacia la última casa en la que fui yo mismo. Me paro en la puerta de la mansión de la señora. Mi dedo no deja de pulsar de manera mecánica el timbre de la verja. No hay respuesta. Un transeúnte se me acerca del mismo modo en que yo me hubiese acercado a él cuarenta y ocho horas antes.
-Perdone, pero esa casa está vacía.
-¿Cómo vacía? Estuve ayer aquí y estaba llena, se lo seguro.
-Bueno, según sabemos los vecinos era el rodaje de un anuncio. Pero ya se han ido.
¿Qué demonios me dice este tipo? No puede ser, simplemente quiere que me largue. Espero un poco a que la calle se quede desierta y salto la señorial verja de acero. Camino por el cuidado jardín y miro a través de los ventanales principales. Vacía. No hay nada ahí dentro. Ni muebles, ni obras de arte… ni señora. Me siento en los escalones principales, estoy sudando, lágrimas de rabia recorren mis mejillas, mis cerrados puños quieren pegarme… las sirenas de la policía Nacional lo evita. Sin ser consciente, ya casi convencido de que es una simple pesadilla y que acabaré despertando, acabo esposado en la parte de atrás del coche, acusado de allanamiento de morada. En el calabozo espero el momento en que suene el despertador, pero se me hace eterna su llegada. Finalmente me dejan en libertad con cargos. Andando llego hasta el coche, lo único que parece quedarme. Alguien ha dejado una Tablet en su interior. Estoy derrotado, ya no tengo nada que perder. Activo el vídeo que está preparado, es la señora. Mira fijamente a cámara.
“¿Cómo se siente uno cuando le roban todo, incluida su vida? Hay tantas personas en esta situación por tu culpa que he pensado que merecían recuperar lo suyo, como un regalo anónimo. Ellos han pasado meses en tu situación e incluso peor, viendo como tu ambición dejaba sin comida a sus hijos, arruinaba a sus ancianos padres y arrastraban a toda la familia a la miseria. Creo que es tu hora amigo. Ahora si se ha hecho la justicia que tantas veces tu dinero ha conseguido evitar. Te deseo mucha suerte, la necesitarás.” La grabación desaparece ante mis narices, la Tablet vuelve a estar vacía. Y ahora estoy aquí, sentado en una azotea. Es verdad que jamás tuve reparos ni me pensé a parar que sería de la gente a la que timaba, ahora estoy solo. Miro al vacío. El infierno me espera y yo tan solo me dejo caer.
ANNA LAFONT
Seleccionado por Martín Molina García
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