El amargo sabor de la tragedia abrasaba mi garganta, suavizado únicamente por el suave sabor a malta.
La música y el libertinaje se entrelazaban armoniosamente en la taberna silenciando las voces
acusadoras de mi cabeza.
−Pesada ha de ser la cruz que arrastres para beber con el único fin de no albergar un nuevo amanecer- Las palabras de aquel sacerdote hicieron que por un instante no prestara atención a mi vaso.
−Beba conmigo y haga menos dura mi soledad, Padre− invitándole a sentarse.
El anciano sacerdote aceptó de buen gusto mi invitación. −¿Qué es lo que te corroe por dentro, hijo?- preguntó antes de saciar su sed.
−La culpa...- y volví a llenar nuestros vasos.
−Cuéntame, el Señor te escucha a través de mí, él te cuidara y guiara entre las sombras- en sus ojos veía sinceridad.
−Dios hace tiempo que me abandonó... − agarré el crucifijo que colgaba sobre su hábito; lo sostuve
entre mis manos convirtiéndolo en oro fundido. Su mirada se nubló y el pánico se apodero de él. – ¡Como has podido cometer semejante blasfemia!
¡Arderás en la hoguera, brujo! −
La música y el alboroto de la taberna cesó, las miradas se volvieron hacia mí, las voces en mi cabeza culpándome volvieron a emerger, hui sin mirar atrás una vez más...
La oscuridad me guarece de las miradas inquisitivas, meto la mano en mi bolsillo asegurándome de que la piedra sigue ahí, la panacea, el conocimiento absoluto. Intenté transmutar la muerte en vida, volver a verla, compartir la vida eterna, pero lo que Hades devolvió del inframundo fue un ser abominable, una grotesca masa de carne que se arrastraba agonizante, en su mirada reconocí ese destello.
Prendí fuego a la mansión; la abandoné entre las llamas. Vagando entre calles creo divisar otra taberna, la bebida aliviara mi pena, silenciara las voces.
Gorka Moreno (España)
Publicado en la revista digital Minatura 125
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