Concluyó su visita sin llegar a ninguna conclusión coherente, nunca Dios estuvo presente en sus pensamientos y, aunque quiso hacer como cualquier feligrés, no consiguió conectar de una manera efectiva y salio de la parroquia recuperando su condición de pecador. El sol le encandiló y cerró instintivamente los ojos, al abrirlos y lograr despejar aquella luz cegadora pudo adivinar un cartel de un restaurante que le invitaba a entrar y saborear sus menús. Un camarero le dio la bienvenida y le acomodó mientras esperaba la comida. Quedó satisfecho Tomás y felicitó al cocinero, un placer degustar aquel manjar por ese módico pecio. ¡Café y sonrisa!, dio las gracias por el servicio y salió para continuar su viaje hacia Córdoba donde le esperaba alguien muy especial. Curvas de felicidad iban alternando con pequeñas rectas, la carretera era algo sinuosa, Quiso atravesar el valle de Los Pedroches por una ruta mas corta pero algo peligrosa, solían hacer un rally por allí, sus bosques de pinos la bordeaban haciéndole disfrutar del paisaje. Córdoba le daba la bienvenida, a lo lejos se divisaba la torre de la mezquita, el primer semáforo le hizo pensar, Maria estaba ocupada y aun le quedaba tiempo hasta poder verla y decidió bordear el río y entrar por la ribera. Se detuvo en el puente romano, observaba como el agua rompía entre los contrafuertes que sustentaban los arcos, dando vida a la corriente. Al otro lado La torre de La Calahorra se levantaba solemne dando apertura a la antigua ciudad y mostrando al viajero la. Majestuosidad del Guadalquivir. El aroma que desprendían las guirnaldas cargadas de flores adornando la efigie del arcángel San Rafael, patrón de la ciudad, que flanqueaba el arco el triunfo, abría al mundo la grandiosidad y belleza de una mezquita catedral que no tiene parangón en ningún lugar del mundo. Le proporcionaba altura su torre o minarete situada en una esquina del patio de los naranjos. La historia le fue envolviendo mientras paseaba por aquellas calles, en una pequeña plaza encontró después de de pasar por una hilera de coches de caballos una excavación en la que se adivinaban unas termas árabes, de tiempos del califato de Córdoba, semienterradas entre restos de la muralla romana. Córdoba era así, cada vez que se hacia un desoterrado aparecían restos arqueológicos de alguna de las antiguas culturas, sobre todo romanas y árabes. Quiso gastar el tiempo hasta consumirlo y se sentó en unos bancos, junto al Alcázar de Los Reyes Cristianos, recreando sus sentidos en espera de su mas preciado anhelo, aromas a antigüedad mezclados con el dulce sabor de aquel deseo, las torres de aquel palacio daban sombra a su calor y parecían detener el tiempo a la vez que aceleraban los latidos de su corazón. La tarde le regalaba paz y serenidad haciendo descansar sus miedos. La brisa se colaba entre sus ruegos y la luna le iba dando la bienvenida, estaba oscureciendo la tarde y la soledad era cada vez mas palpable. Se le acercaron unos individuos que le pidieron fuego. El no fumaba pero siempre llevaba en su cartera un pequeño encendedor para las urgencias, a veces era necesario encender algún fuego aunque fuese en contadas ocasiones. Una vez encendido el cigarrillo les notó extraños, comenzaron a increparle, no entendía nada. Trató de tranquilizarles pero no obtuvo recompensa, y en una andanada de voces noto como un dolor intenso se metía en su costado, se tocó y su mano se manchó de sangre. Había vigilado bien a aquellos tres energúmenos pero no se pudo zafar del otro que apareció entre los naranjos y le asestó una puñalada con un estilete. Un sudor frío sintió por su frente y algo le quemaba por dentro. Su mente perdió claridad y su vista se nubló.
MIGUEL URBANO PERÁLVAREZ.
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