Sale. Temprano. Fría pero con fuerza. No tiembla, aunque le cueste arrancar.
Sueña en la salida, se concentra.
Comienza el recorrido. Sobre fondo oscuro se vislumbran apenas algunas líneas. Lejanas líneas continuas y el reto de las discontinuas acosadas por sendos flancos.
Metales ruidosos e imprevisibles, ciegos y apresurados que ruedan sin cesar.
Agilidad y rapidez de movimiento son sus ventajas frente a los huraños acompañantes.
Responde firme cuando se le pide velocidad, porque no teme a la caricia del metal.
Serpentea entre ellos sobre una línea discontinua cada vez más amiga.
Sólo el frío la ralentiza y las lágrimas la hacen tiritar.
Recupera la verticalidad en cada quiebro, y sale directa hasta el final.
Reposa allí donde se hace necesario, pero siempre en primera línea.
Aprovecha los silencios para avanzar por los tramos más estrechos.
Toma velocidad, saluda a la “afición” y se despide.
Reposa con postura elegante y estrada, ladeando ligeramente la cabeza.
Sin dejar de sonreír.
Anaïs García Pérez -Madrid-
Publicado en la revista Aldaba 15
viernes, 20 de septiembre de 2013
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