sábado, 21 de septiembre de 2013

ENTREVISTA DE CARINA VELO a César Cantoni

¿Qué es para vos la poesía?

La esencia de lo poético es inaprensible. Podemos reconocer la poesía en un poema, pero no podemos explicar en qué consiste su fenómeno. Por eso, es posible toparse con tantas definiciones de poesía como poetas hay, sin que ninguna deje de ser válida. Para mí, la poesía es un medio de conocimiento, una manera de indagar a la realidad que se resuelve en una aventura del lenguaje. Ella, desde un territorio no convencional, me permite plantearme las preguntas que inquietan al hombre desde sus orígenes y que hacen a los temas eternos de la creación, como la vida, el amor, el tiempo, la muerte... Y es, por otra parte, un modo de ser y estar en el mundo, una apuesta existencial ligada a los valores supremos del espíritu, a la libertad y a los sueños, y, sobre todo, a la belleza entendida como verdad en sí misma.

¿Cómo te acercaste a la literatura? ¿Cuándo nació la inquietud?

La poesía vino a buscarme cuando todavía cursaba la escuela primaria. Recuerdo que, estando en sexto grado, escribía unos poemas muy sencillos y musicales, como los que reproducían los libros de lectura de aquella época. Escribía en un cuaderno de tapas duras y hojas cuadriculadas, que escondía por timidez en la parte inferior de un diván. Nadie conocía mi secreto, ni familiares ni amigos. Desde entonces, vengo escribiendo casi ininterrumpidamente. Al principio, escribía de manera instintiva, sin una idea clara de lo que estaba haciendo, hasta que un día, entre los 18 y los 19 años, cautivado por la lectura de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Neruda, me propuse por primera vez escribir un libro con la finalidad de publicarlo.

Considerando que ya contás con varios libros publicados, ¿cómo describirías a grandes rasgos desde lo personal lo que implica el proceso para llegar a la publicación?

A la mayoría de las editoriales sólo les interesa el rédito económico; por lo tanto, como la poesía no se vende, no la publican. (Cabría preguntarse por qué la poesía no se vende, pero éste es un tema mucho más complejo.) Hoy también es difícil encontrar mecenas, ya sea en el ámbito público o privado, dispuestos a brindarle su apoyo a la creación poética, de modo que el poeta que quiera ver impresa su obra deberá recurrir, necesariamente, a la edición de autor, o sea, pagada de su propio peculio. En mi caso particular, tuve la suerte de ganar algunos premios literarios que me permitieron, con la recompensa pecuniaria obtenida, publicar un par de libros.

¿Te definís como poeta o escritor? ¿Por qué?

No me considero escritor. Nunca escribí un poema con el propósito de hacer literatura. Para mí la poesía es mucho más que un género literario; es un acto de vida, una experiencia singular, algo imponderable que me sucede cuando escribo.

¿Tiene alguna característica particular tu proceso de escritura? ¿Cómo suele desarrollarse?

No tengo un método de trabajo en particular. Para poder escribir necesito que algo –un hecho, un sueño, una lectura, etc.– me asombre, me conmueva, me sacuda anímicamente. Pero esa motivación –ese disparador primigenio que algunos llaman inspiración– no alcanza por sí sola; el poema exige, además, una paciente labor con el lenguaje. En este sentido, dado que soy bastante estricto con el cuidado de la forma, no doy por terminado un poema hasta comprobar que los versos fluyen naturalmente, como si hubiesen sido escritos de manera espontánea.

¿Qué te da la poesía que no te brindan otras cosas?

La poesía, como ninguna otra cosa, me da de vivir, me hace sentir vivo, convalida mi estancia en la tierra; en suma, me redime.

Si tuvieras que describirte como poeta con un objeto, ¿cuál sería?

Mi primera máquina de escribir: una vieja Remington mecánica a la que le fallaban dos teclas –la h y la m–, con la cual escribí seis libros iniciales que me valieron algunas distinciones y que, en un rapto de depuración extrema, destruí sin llegar a publicar.

¿Podrías imaginar tu vida (pasado y presente) sin la escritura? ¿Por qué?

En “Cartas a un joven poeta”, Rainer Maria Rilke da a entender que poeta es aquél que si tuviese que dejar de escribir moriría. Yo intenté varias veces imaginar mi vida sin la escritura, pero me resultó sumamente angustiante, ya que escribir es para mí como una función fisiológica más, como orinar o respirar, y no encuentro fuera del acto creador nada que me provea de sentido.

¿Quiénes han sido tus principales referentes?

Podría decir que mi primer referente fue Pablo Neruda, como lo fue para muchos de los jóvenes de fines de los años 60. La sintonía amorosa y el compromiso político de su poesía tenían, en aquella época de fervor revolucionario, un fuerte atractivo para quienes empezábamos a deletrear versos y sueños. Pero ya en “Confluencias”, mi primer libro, publicado en 1978, no quedan vestigios nerudianos. Desde entonces, fueron muchas las lecturas que me marcaron en diferente grado, aunque, si tuviera que reconocer alguna ascendencia decisiva en mi creación poética, no dudaría en buscarla entre los poetas anglosajones; en especial, los norteamericanos (T. S. Eliot, Ezra Pound, William Carlos Williams, Edgar Lee Masters, Wallace Stevens, entre otros). Lo que me seduce de estos últimos es el carácter conceptual y realista que, en términos generales, presenta su poesía y, sobre todo, la predisposición a mostrar las ideas encarnadas en imágenes del mundo físico, característica que hace que el poema resulte más “tangible”. También encuentro cierta afinidad con Gottfried Benn y, entre los argentinos, con Joaquín O. Giannuzzi. Por lo demás, siempre he profesado una gran admiración por poetas como Constantino Cavafis, Fernando Pessoa, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo, Yorgos Seferis y Yanis Ritsos.

Como lector, ¿diste alguna vez con algún poema que consideraras cercano a la perfección desde todo ángulo (estético, simbólico, etc.)?

En principio, no existe el poema perfecto. Todos los poemas de un poeta no son más que la búsqueda de ese único poema acabado, capaz de expresar lo inefable, que nunca termina de escribirse. Aun así, hay obras, dentro de la poesía contemporánea –para fijar un límite temporal– que alcanzan alturas prodigiosas, como “Cuatro cuartetos”, de T. S. Eliot, “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters, “Mithistórima”, de Yorgos Seferis, “Romiosini”, de Yanis Ritsos, y “Día tras día”, de Salvatore Quasimodo, entre muchas otras. Y también hay poemas que parecen estar escritos desde siempre, como éste –tan magnético en su sencillez– de don Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas/ el camino y nada más; caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar./ Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar./ Caminante, no hay camino,/ sino estelas en la mar”.

CARINA VELO -CÉSAR CANTONI

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