lunes, 22 de octubre de 2012

EL DÍA QUE MATARON A MI HERMANO, EL ALCALDE DE SANTO TOMÁS, NELSON MEJÍA SARMIENTO


Por Tito Mejía Sarmiento

Aquel jueves 29 de abril de 2004, se levantó más temprano que nunca en su finca La Juntera (nombre que le da título a una hermosa canción de la autoría de Marciano Martínez e interpretada por Diomedes Díaz) con las primeras auras del amanecer y bajo la tenue luz de un lucero en lontananza. Lo hizo cantando precisamente: «Ay  perdóneme, señorita, si en algo llego a ofenderla, pero es que usted es tan bonita, que no me canso de verla» —me dijo con sucesivas lágrimas en sus ojos, la señora María Guadalupe Ortigoza, una de sus empleadas. «Mientras se bañaba en pantalones cortos en la alberca con agua bien fría como a él le gustaba, sonó su celular, y me pidió que contestara. Una voz gangosa me sentenció tajantemente: "¡Dile a ese malparido que hoy no va a regresar a la Alcaldía porque lo vamos a quebrar!", continuó diciéndome la atribulada mujer de 70 años.
      «Pasaron como cinco minutos cuando me preguntó quién había llamado tan temprano, a lo que yo le respondí llorando toda desesperada, que lo iban a matar hoy adonde fuera.  "No se preocupe, señora María, que Dios está conmigo. ¡Dios es ¡NELSISTA!", me respondió el doctor con la mayor tranquilidad del mundo».
      Aquella mañana iba vestido elegantemente con una camisa guayabera de lino blanco, un pantalón verde oscuro con zapatos negros mocasines. Era un atuendo para la ocasión: A partir de la 1:30 de la tarde, Nelson iba a  presidir una reunión cumbre en Barranquilla con sus abogados y asesores en el Colegio Ateneo Técnico para debatir los pasos a seguir y, conseguir su reintegro a la Alcaldía de Santo Tomás, ya que había sido suspendido temporalmente de su cargo por prevaricato por acción que se le seguía en el juzgado de Soledad cuando fue alcalde por primera vez en el periodo constitucional 1995 – 1997.

      Llegó a su residencia del barrio Lucero a perfumarse con su loción favorita: Montana, a las 8:30 de la mañana, y no le prestó atención a su esposa Onésima, quien le dijo que lo habían estado llamando para matarlo, y le pidió con toda su alma que no saliera, que no fuera a Barranquilla. Sólo dejó dicho que cuando Kelvin, su hijo amado, regresara del colegio, se preparara porque se iban para el Festival Vallenato de Valledupar, el fin de semana. Mi sobrino Alex me dijo una semana después del crimen, que si hubiera sabido que Nelson estaba amenazado de muerte, él se lo hubiera llevado para la casa de mi papá aunque fuera amarrado y arrastrado. Esa misma mañana visitó antes de irse para Barranquilla, a algunos amigos y amigas a quienes les «mamó gallo» como nunca antes, y se despidió de ellos haciendo la «V» de la victoria con su mano derecha como rechazando quizás, la malévola acción que horas más tarde le tenderían sus enemigos.

«Antes de la reunión y motivado por el optimismo de su abogada de cabecera, Edith María Carrillo Badillo, el mandatario invitó a almorzar a la jurista en el Restaurante “Don Efra”, en la calle 56 con carrera 42 (cerca de las instalaciones del DAS) con la intención de “empaparse” del estado actual de la investigación», escribiría el periodista Juan A. Tapia en el periódico El Heraldo el día 30 de abril de 2004.
     » Mientras se preparaban para ordenar el almuerzo, continúa diciendo el reportero, el alcalde le manifestó a Carrillo Badillo lo agradecido que estaba por su desempeño en el proceso por el cual había sido suspendido por el Gobernador del Atlántico, Carlos Rodado Noriega, ante pedido de la Fiscalía. Aunque la abogada le informó que confiaba en la prescripción de la investigación por prevaricato, el mandatario no ocultó su preocupación por otro negocio en su contra por el delito de peculado por aplicación oficial diferente, que podía derivar en una nueva orden de suspensión. En ese momento, un hombre de baja estatura que había descendido de una motocicleta caminó hasta la mesa de Mejía Sarmiento, le acercó una pistola  a  la cabeza y apretó dos veces el gatillo. Eran las 12:30 del día».
      »La abogada Carrillo corrió espantada mientras su cliente y amigo se desplomaba en la terraza del restaurante cubierto en  sangre». –Concluye el cronista judicial del periódico.
      «A esa misma hora en que mataron a Nelson -me comentaría dos meses después el viejo Chema, otro de los empleados de confianza en la finca La Juntera-, los gallos finos del doctor, empezaron a cantar toditos en los huacales y alborotaron a los otros gallos de los vecinos, y  Pantera, una perra criolla de Nelson, comenzó a ladrar dando vuelta por toda la finca como una loca».
      Cuando se conoció la noticia de que había sido asesinado el doctor Nelson Mejía Sarmiento  en Barranquilla, el pueblo de Santo Tomás, sin ponerse de acuerdo, desbordado por la magnitud de la tragedia, se agolpó en la plaza principal: Unos descalzos, sin camisas otros, desarregladas las mujeres, mas todos unidos en el llanto por el amigo muerto a balazos. La intensidad del dolor, unánime bajo el sol implacable del mediodía, encegueció a la muchedumbre que, como avergonzada de haberse visto rebajada a las lágrimas, transformó en cólera el sentimiento de dolor.
      No sé de qué manera, por muy distantes y disímiles que sean las circunstancias, esta cólera de uno cualquiera de los amigos de  Nelson podría ser inferior a la experimentada por Aquiles después de haber llorado la muerte de su mejor amigo: La muchedumbre encolerizada, hecha una bestia de miles de cabezas sin razón, sensible a cualquier voz que la llamara a la destrucción, ajena al miedo y a las culpas, rompió las puertas y las ventanas de hierro del Palacio Municipal, penetró en él sin que los policías que lo vigilaban pudieran evitarlo, destruyó los muebles de la Alcaldía, el Juzgado, la Registraduría y la Fiscalía, y terminó por entregarle a las llamas todo el edificio.
      Doce minutos después de haberse congregado en la plaza, como si se hubiese tratado de la cola pasajera de un formidable huracán caribeño, la multitud se dispersó, la tristeza volvió a ocupar el lugar de la cólera y, salvo el olor a cosa quemada que se respiraba en las calles, y  los sollozos provenientes de las alcobas de todas las casas, Santo Tomás no parecía haber sido escenario de una expresión de dolor y amor tan violenta.

     «Y no era para menos -como me dijera en su momento, el reconocido escritor Ramón Molinares Sarmiento durante el sepelio aquel sábado primero de mayo del 2004-, a nuestro pueblo le han quitado un pedazo de su alma, mi apreciado poeta Tito. -Y continuó diciéndome con un inusitado asombro como si estuviese  narrando el trozo de una novela-. Es que tu hermano, el médico Nelson Mejía, no fue reelegido alcalde porque hubiese hecho construir obras de importancia durante su primera administración, como el Hospital Pediátrico, sino por una causa de orden sentimental: Santo Tomás lo amaba. Lo veía como el paradigma de la bondad. Nunca antes este pueblo de  veinte mil habitantes había convertido a un hombre en objeto de tanto amor. Nelson era “un corazón de puertas abiertas”, por donde, sin pedir permiso, entraba todo el que quería a cualquier hora del día o de la noche». «En su corazón, mi querido Tito, en su corazón, tan grande como una casa, el desamparado sabía  que podía encontrar y hacer suyo lo que necesitaba de la alacena o del armario de los medicamentos. Era de esos que se quitan la camisa nada más que para  ver la alegría reflejada en el rostro  de quien la recibe. Dicen que su necesidad más sentida, la de compartir con el otro lo que tenía, la de dar, era una inclinación casi enfermiza, heredada del padre, que siempre ha sido un hombre de bolsillo abierto».
      »Tu hermano no sabía establecer distancias entre él y los menesterosos, de modo que estos terminaban por considerarlo un amigo más de la familia. Sus manos protegían a los menos favorecidos por la naturaleza».
      »Lo que hacía tu hermano no lo hacía nadie, me seguía relatando con su voz quebrada  Ramón, por ejemplo, resultaba gracioso y conmovedor al mismo tiempo, observar a los mensajeros internos de la alcaldía nombrados por él, Armandito y Rafa, dos muchachos nacidos con limitaciones, disputándose con altanería el reconocimiento de estar ejerciendo sus funciones  con mayor eficacia que el otro. Sólo un corazón tan sensible como el de tu hermano Nelson, podía darle a estos seres humanos la alegría de sentirse útiles a la sociedad. En el consultorio,  o al pie de la cama de un  paciente, después de hacer el diagnóstico, Nelson elaboraba con rigor la receta, que acompañaba con palabras alentadoras, que hacían reír, porque le parecía que con ello predisponía el cuerpo del enfermo para una mejor recepción de los medicamentos». "Lo que necesitas es que tu marido te quiera más, les decía a las señoras, que se desternillaban de la risa cuando agregaba unas palabras más explícitas, que no se sabe por qué razón resonaban en los labios de Nelson como desprovistas de su sentido grosero". "No dejes que las energías se te amontonen porque se te suben a la cabeza y te puedes volver loco, compártelas con tu mujer", les recomendaba a pacientes, que se veían salir de su consultorio con mejores bríos».
       »Además, tú muy bien sabes, poeta, que Nelson era un hombre guapo, guapísimo, que despertaba en la muchachas una especie de histeria que lo obligaba a repartirse entre ellas. "No es que se reparta, es que se lo reparten, decían sus más íntimos amigos"», me terminaba de contar Ramón, cuando precisamente en esos instantes cayó un fuerte aguacero sobre la población.
     
      Al sepelio de Nelson asistieron más de veinte mil personas. Cuentan que a un forastero, que  veía a la muchedumbre llorar y agitar los pañuelos blancos en señal de despedida, se le oyó decir, movido sin duda por la necesidad profunda que sentimos todos de ser amados, que hubiera querido ser el difunto.

Publicado en el periódico digital La Urraka Cartagena

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