Una noche más, tal y como ansiaba cada novilunio, trató de abrir la puerta reforzada para echarse a las calles en busca de cena, pero como siempre resultó imposible de forzar. El lector de huellas dactilares que hacía las veces de cerradura no estaba diseñado para sus dedos escamados, sino para los de su “otro yo”, el que se levantaría la mañana siguiente.
Muy a pesar del rugido de su instinto carnívoro, cerró sus ojos ambarinos surcados por pupilas reptilianas y se echó a dormir, a sabiendas de que durante la noche una y otra vez se despertaría, y el dinosaurio aún seguiría allí. No creía que cuando Monterroso escribió el popular hiperbreve contemplara la posibilidad de que el narrador y el dinosaurio fueran la misma persona.
Pedro López Manzano (España)
Publicado en la revista digital Minatura 117
jueves, 10 de mayo de 2012
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