El caminó sin volverse hasta la boca de la cueva. Un golpe de nieve le dio en el hocico. “¿Es necesario que te marches, con este clima…?”, gimió su compañera y uno de los cachorros levantó las puntiagudas orejillas. Él se volvió para mirarlos. Eran todo lo que amaba, todo lo que deseaba proteger. “Tengo que irme”, aulló mientras desaparecía en la oscuridad de la ventisca.
Corrió sin descanso, en línea recta, alejándose cada vez más del cubil. Corrió hasta que la espuma brotó de su boca y las patas delanteras crujieron de fatiga. Rodó por un barranco y siguió corriendo, siempre adelante, hacia la tarde nevada que moría tras el horizonte. El crepúsculo lo alcanzó cerca de la costa, próximo a la cabaña.
Estaba a salvo: estaban a salvo. Ya no nevaba. La noche se desplegó sobre una tierra de relente. El cielo era un cristal de hielo negro con una cicatriz de plata, rajadura mínima en el vidrio, fina herida de luz por la que descendía el dolor: contracciones, crujir de huesos alongados, transmutación de la identidad, pérdida de su conciencia…
El hombre desnudo, todavía aturdido, se irguió y entró en la cabaña. Estaba tan hambriento... Apenas vistió las gruesas ropas de pieles tomó el rifle y salió de cacería.
Anabel Enríquez Piñeiro (Cuba)
Publicado por la revista digital Minatura 117
martes, 10 de abril de 2012
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