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viernes, 26 de febrero de 2021

GLADYS / SIETE NI / ¡DIOSA! / LO ACEPTO: SUPONGAMOS / SI USTED AQUÍ / YO NO ESTABA CUANDO FUI / MORIR COMO / DESCENDENCIA

 Rolando Revagliatti


 


Gladys


En mi recuerdo Gladys eligiéndome

entre todas


Gladys en los cines conmigo

por las noches


Una tarde, desnudas

con su Nikon

ante un espejo

nos fotografiábamos.


Siete ni


Ni perro ni gato

que me ladre o maúlle


Ni esposo ni novio

que me hable o golpee


Ni un fantasma Benito

que me asuste


Ni padre

ni madre.


¡Diosa!


Dios me trajo al mundo

inmejorablemente

ataviada


Produje

estupor


Y estupro.


Lo acepto: supongamos


Lo acepto: supongamos

que yo soy mortal

y que moriría, por lo tanto

mi belleza


¿Y entonces?

¿Cómo articularle

algún remoto sentido

a esta inconcebible

atrocidad?


Si usted aquí


Si aquí

sin usted

yo estaría

perdida


(guárdese su sonrisa)


usted aquí

sin mí

no estaría

encontrado.


Yo no estaba cuando fui


No me quedé conmigo

al irme con él

Yo no estaba como

para irme con él


No me quedé conmigo

para irme con él

No me llevé con él

al irme con él


No estuve conmigo

cuando estuve con él

Ni estuve con él

cuando estuve con él


para no quedarme

demasiado

conmigo.


Morir como


Morí como una mujer

—que es como morir

como un hombre—


Morí también como un perro

—que es como mueren también

otros animales:

morí, entonces, como tantísimos animales

que mueren como un perro.


Descendencia


Tengamos un bebé, Francisco

para tener la satisfacción, Francisco

de tener un bebé, Francisco


Tengamos la satisfacción, Francisco

de tener un bebé, Francisco

para que tengamos la satisfacción


Tengámoslo para tener, Francisco

la satisfacción de tenerlo, Francisco

al bebé.

ROLANDO REVAGLIATTI -Argentina-

Publicado en la revista Almiar


sábado, 16 de enero de 2021

ENTREVISTA A ROLANDO REVAGIATTI


Entrevista realizada por Lucas Carrasco a Rolando Revagliatti a través del correo electrónico y difundida a principios de agosto de 2017 en el portal Noticias Entre Ríos.

1) ¿Cómo definirías tu literatura?

      Rolando: No sabría responderte de un modo lo suficientemente preciso y abarcativo y que a mí me convenza. Mi dramaturgia, la que rescaté en un libro publicado en 1991, “Las piezas de un teatro”, unas pocas de las muchas, breves, que pergeñé en los setentas, promovió desconcierto en algunos actores, dramaturgos, directores que recibieran copias en mis años de formación y labor actoral, y fueron saludadas con entusiasmo, por ejemplo, por Griselda Gambaro, Patricio Esteve, Miguel Bejo y Alberto Ure (el comentario bibliográfico de Daniel Terzano en el Suplemento de “Cultura y Nación” del “Clarín” del 8.8.91, se tituló “Teatro de la ‘loca verdad’”). Devenían del teatro del absurdo, con motas de pintoresquismo, toques de porteñidad y otros aderezos. Mi narrativa breve, compuesta por cuentos cortos, relatos, microficciones y hasta algunos textos inclasificables, indebidamente socializados en dos volúmenes, “Historietas del amor” y “Muestra en prosa”, debió haber aparecido en uno cuyo título fuera este último; eso es lo que era: una muestra, un muestrario: realismo, puntillosidad, fantasía, disloque, erotismo de barricada, reflexión poética (fui narrador entre los últimos años de los ochenta y los primeros de los noventa). En cuanto a mi poesía, Lucas, estamos más o menos en la misma: fui encarado de diversas maneras por las musas, por los asuntos, por las predisposiciones. 

         2) ¿Cuáles son los autores que más te inspiraron?

         Rolando: Según las etapas, por supuesto. Me inspiraron o más bien me sedujeron: digamos de los que más me impregné. Indiscernible es cómo dejaron sus huellas en la escritura, esa voz que produje y me fue produciendo. Leí con fervor —salteándome el mentar a escritores de mi infancia, pero destacando la incidencia de los letristas de tangos y milongas, y a los glosadores que escuchaba por radio, a los recitadores gauchescos— en mi adolescencia y primera juventud, a Julio Huasi, Jean-Paul Sartre, Ernesto Sábato, Nicolás Olivari, Roberto J. Santoro, Henry Miller, Abelardo Castillo, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, David Viñas, Nicolás Guillén (y menciono sólo un puñado de aquellos de los que fui adquiriendo todos sus libros: los que iban apareciendo y los que conseguía rebuscando en librerías de usados). Así fui procediendo después con muchos otros (va este puñado): Jean Genet, Alfredo Veiravé, Samuel Beckett, Juana Bignozzi, James Joyce, Adolfo Bioy Casares, Simone de Beauvoir, Jorge Leonidas Escudero, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Leónidas Lamborghini, Kato Molinari, Paul Auster, Haruki Murakami, Milan Kundera, Siri Hustvedt, José Saramago, Petros Márkaris, J. M. Coetzee. Preveo leerme todo lo que hayan escrito Roberto Bolaño, Leopoldo Padura, Gioconda Belli. Ahora me sigo impregnando, releyendo sistemáticamente desde hace años los tantísimos libros y cientos de revistas literarias de mi biblioteca, y así despidiéndome de ellos y aligerando los estantes. 

3) ¿En qué momentos escribís? ¿Cuál es tu rutina?

       Rolando: Pronto se cumplirán cinco años en los que ni siquiera he intentado concebir un poema. Respecto de ellos, en lo que persisto es en la corrección, pequeños o grandes ajustes, o eliminación de los que ya no valido. En cuanto a rutinas, no las he tenido.

4) En tu literatura hay mucho de autores populares, escritores de culto, personajes extraliterarios. ¿Cómo se da este mestizaje?

      Rolando: Provengo de lo popular: nací en una pensión. Viví en pensiones —en una durante más de un lustro: Bogotá 3332, Floresta— hasta mis nueve años, cuando mis padres se convirtieron en propietarios de un departamento en Villa del Parque; y a mis once años derivamos a otro, más grande, a estrenar, en Rivadavia 4986, Caballito, a metros de la “boca del subte”. Desde pibito —cumpliendo con mis responsabilidades de pibito: la escuela, los horarios para comer y hacer la tarea, etc.— me la pasaba en la calle. Coleccionaba Patoruzú, Misterix, El Alma que Canta, leía el diario “La Prensa”. En la adolescencia me fui volcando a todo tipo de lecturas, sin discriminar (casi), y me pasé a las revistas literarias. Empecé a concurrir, todavía más que en la infancia, al teatro. Ya no al de los los actores de nombradía: Luisa Vehil, Pablo Palitos, Luis Sandrini, Paulina Singerman, Arturo García Buhr, Tita Merello, sino al independiente. El socialismo no me era ajeno: mis padres eran “socialistas de Alfredo Palacios”: de hecho, alcancé a votarlo. Mi imbuí del anarquismo, del marxismo, del trotskismo. Me sentía atraído por las propuestas estéticas de riesgo, contraculturales. Y por lo extraliterario de los personajes literarios, así como por las neurosis, para mí todas restallantes, de cualquier personaje. Frecuentaba el Instituto Di Tella, galerías de arte, bares como La Paz, La Ópera, el Ramos, La Academia.

5) ¿Cómo es tu conexión con el cine?

      Rolando: Desde chiquito me llevaban no sólo al teatro, sino también al cine (y al Parque Retiro). Y había un cine por Floresta, en la avenida Avellaneda, cerca de mi casa (la pensión que regenteaba mi madre), al que concurría solo, los miércoles, día de entrada más barata, y me veía un par de películas argentinas. Compramos televisor al tiempo que nos mudamos a Caballito: y entonces, veía las series. Durante 1965 y 1966 estudié en la Asociación Cine Experimental. Robustecí mi formación fenomenalmente. No mucho después fui actor en no menos de veinte films publicitarios (colchones Simmons, embutidos La Foresta, automóviles Peugeot, whisky Old Smuggler…), hice un par de bolos (menos de diez palabras) en los largometrajes “La civilización está haciendo masa y no deja oír” de Julio Ludueña y “Gente en Buenos Aires” de Eva Landek (ambas de 1973) y tuve un personaje secundario en “La familia unida esperando la llegada de Hallewyn” (1971) de Miguel Bejo (no difundida comercialmente). Y paso a mis últimas tres décadas: soy espectador (cable, DVD, salas, y una vez por mes reunión vespertina y dominguera cinema-gastronómica con algunos amigos) de no menos de trescientos cincuenta filmes por año.

6) Lo urbano y lo popular son parte de tu narrativa de manera muy particular, qué podés contarnos al respecto. 

        Rolando: Hace unos días me enteré de modo indirecto que había fallecido quien fuera el director de la revista literaria “Ocruxaves”: el narrador Hugo E. Boulocq. Sólo nos vimos y charlamos una vez. Me voy a permitir transcribir —y así recordarlo públicamente— algo de su prólogo (mucho más interesante que lo que yo pudiera balbucear ahora) para “Historietas del amor”: “…entre los pliegues lingüísticos del decorado, …Rolando, observador de esa realidad donde comienza el terreno común de la semántica, sustantiva, verbaliza, ajusta las palabras como si fuesen resortes de los sentidos. Y el festín principia. La sensación de espacio, de ambiente, es tan rápida que anula la distancia con el texto; descripciones apretadas, concisas, síntesis intachables, muy a propósito para un ritmo narrativo ceñido al galope de las frases, definen la brevedad del tiempo en el que todo ocurre como si nada pasara —aunque pase y pueda mirarse, tocarse, oírse, sentirse, pensarse. Más allá, franqueándonos la entrada a la representación verosímil de la realidad —que no es el mero detallismo superficial de lo real—, el arsenal discursivo del autor se convierte notoriamente, como recurso técnico y posibilidad significativa, en una indagación aguda acerca de lo previsible y precario de la existencia.” 

        7) ¿Se viene la muerte de los libros, como pregonaban muchos?

        Rolando: ¿“Nada se pierde, todo se transforma”?

        8) ¿Qué futuro le ves a la poesía en tiempos de redes sociales?

        Rolando: Sólo de oídas sé que la poesía circula bastante en redes sociales (no integro ninguna). La lectura de poemas exige: exige un posicionamiento, algo del orden de la contemplación (de los versos, de la espacialidad). Cuántos se detendrán lo suficiente en esos ámbitos vertiginosos, atiborrantes, me pregunto. 


domingo, 24 de mayo de 2020

CATAR


Un niño piensa que el hombre que está tras la cámara se está escondiendo
y responde tapándose con las manos,
espera y mira entre sus dedos.
Luego, cuando el hombre se va,
anilla sus dedos como un diafragma de luz.
Un catalejo dactilar con la memoria fértil
fue su primera cámara.

DANIEL CALMELS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti


TRAZAS


a mis colegas de Barcelona

Sobre la porosa lisura de madera
se expande la harina,
que la mano ahueca como un nido.
En su lecho clara y yema unidas, juntas, confundidas.

Recibir en la piel la húmeda adherencia,
marcar con las yemas,
dejar ir.

Luego, con un palo,
se alisa la masa al grosor de un papel.
Un niño, sobre la prosa lisura
con los deberes de la lengua materna,
con otro palote, vertical y repetido,
le pone al renglón las rejas de la palabra escrita.

En las primeras trazas
se cocina un orden y un sentido.
Borrar con la masa y comerse las letras
son las primeras gramáticas digestivas.

DANIEL CALMELS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

LA CUCHARA


La cuenca de la mano fue primero
aquietado lecho para el agua
laguito en vuelo hacia la boca.

Luego la cuchara,
que no corta que no pincha,
la que congrega la inconstancia de los líquidos,
la que reúne y vuelca.
El más pacífico de los cubiertos
toda curvas redondeos
hecha para el roce de los labios
la cuchara nos deja
                    con la boca abierta.

DANIEL CALMELS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

MARFILES


Desprendimientos,
pequeños sabios de leche,
cautivos, temblorosos,
cuerpo fuera del cuerpo.

En la noche
la mano bajo la almohada
tocando el nudo del pañuelo.
Dura la tela encerrando al diente perdido
y la boca desafinada, tironea de la punta de la sábana.
La noche convoca a los ratones
que no sólo se comen
las lenguas de los niños mudos,
sino que mudan los dientes a su cueva
que tiene un portal como una boca.

Al otro día, cuando el pañuelo
deshace la mañana en un bostezo
un billete doblado que da pena
aligera el nudo del recuerdo.

a Rocío Calmels

Daniel Calmels -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

LOS ARTISTAS VELAN


"Esta molestia de sentir
que uno depende de su propio cuerpo" 
                          Antonin Artaud

En la vida de los antiguos héroes
la herida infaltable rondaba los cuerpos.
Fue en Vulcano y en Edipo
la triste pierna desvariada.
En Sigfrido el hombro herido
para temer la palabra muerte.
En Sansón la pérdida indolora.
Y en Aquiles la ley del talón
lo convino a apaciguar su destino.

Pero hubo otros más cercanos
que defendieron el derecho de soñar
aun a costa de detener con el cuerpo
las oleadas feroces de tristeza:
Fue la pierna de Rimbaud
rodando en un quirófano de Marsella,
la mano de Cervantes
multiplicándose en la escritura,
Quevedo riendo de su cojera
con “una pata torcida para el mal”,
los ojos de Borges
imaginando láminas de colores pálidos, 
Beethoven, con una varilla entre sus dientes,
comiéndose las vibraciones
que los oídos se negaban a tragar,
Toulouse Lautrec desde su espalda corva
viendo las narices más bellas,
y la oreja de Van Gogh
enterrada en un paño de limpiar pinceles.

Fijman con las sienes golpeadas
mientras grita: “Yo soy el Cristo Rojo”.
Baudelaire con la voz agónica
mientras escucha de la boca materna
un glosario de primeras letras
para una lengua antigua y herida
en la caverna húmeda de su boca,
y Antonin Artaud, cargando de fuego las palabras
hasta explotar de incomprensión.
Desde el fondo de un lujoso salón,
mientras camina al encuentro,
el joven Milosz recuerda con terror 
que tiene padre y madre
e ignora de la bala que intentará olvidarlos. 
"Si me mato no será para destruirme
sino para reconstruirme"
                                    Antonin Artaud

Hubo otros, que apuraron el destino de un solo trago:
Gérard de Nerval colgado de un farol
con los bolsillos llenos de palabras.
Hemingway, en su último aliento,
apoyando su lengua en la boca de un fusil.
Lugones tropezando en la única mesa de la pieza de un  recreo
con la boca llena de veneno para hormigas,
tan cerca de un río llamado tigre.
Y Pizarnik, envuelta en su sábana
como en una bandera,
apoyando su boca pintada
en la de una muñeca sin sonrisa.
Quiroga sobre sus cuentos y en la selva
apurando los ácidos del estómago
única defensa ante la muerte.
Y Alfonsina arrepentida en el último instante
queriendo desandar sus pasos,
empujando con su pecho el mar. 

"De pronto la palabra adquiere 
la dimensión del gesto"
                          Aldo Pellegrini

Otros, arrancados salvajemente de las letras
con las palabras puestas:
Haroldo llevado a un país
donde ningún árbol se llama con nombre de mujer,
y Miguel Ángel Bustos
ganándole el juicio a la razón más bella,
y Paco y Rodolfo
bajo la lluvia voraz del Eternauta
encontrando las puertas cerradas para siempre.

De cuerpo presente
los artistas velan,
para que el dolor se ilumine de esperanza.   

Daniel Calmels -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

sábado, 23 de mayo de 2020

PEDIDO DE UN CADÁVER


Recuerden que fui un animal pletórico
                            de impulsos y destrezas—
un árbol frondoso de saberes y deseos—
un surco vivo, una pendiente al acaso—
el ocaso de un breve sol.

Si me guardan en una caja
pronto seré carne triste
y peor aliento.

Sólo la materia del sol nos libera
                          de las lindes del espacio —
y también del tiempo.

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

EL SOL OCULTO DE MONELLE Y MARCEL


De la mano de Marcel,
emergió Monelle de las penumbras del mar que me tenía cautivado
en la hora previa al crepúsculo.

Apenas recordaba yo sus palabras antiguas,
nuevas en boca de Marcel,
pero el viento ululante y helado como una medusa abisal
volcó en mis oídos el alfabeto primigenio de Monelle:
«No ames tu dolor, puesto que no ha de durar».

Marcel la abrazó entonces
para que el congelante mar no les impidiese hablar y ser felices
            en el «momento fulgurante»:
«Agota en cada momento la totalidad positiva y negativa
            de las cosas».

Y Monelle redobló ese abrazo fundente
para no sucumbir ambos en el vórtice azaroso de una torpe nada
sino en el fluir de la vida muerta y la muerte viva:
eterno río fugaz, constelación esplendente,
fulguración del universo inaccesible.

Delante de mí, en el ocaso de la luz,
los cuerpos enlazados de Marcel y de Monelle
se iluminaron poco a poco
hasta alcanzar una apariencia de roca arenisca
tocada por la baba de un sol oculto.

Recordé entonces lo que Monelle — ¿o acaso fue Marcel? —
sentenciaba, en el remolino de pasadas penumbras:
«No te preocupes por tu libertad: olvídate de ti mismo.
Sé el alba mezclada con el crepúsculo».

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

EL NOMBRE


A este ser que un cierto día fue
podrán hundirlo en las brumas gélidas de Auschwitz y Treblinka.
Podrán fundirlo en los campos de exterminio de la argentina Patria
o sepultarlo bajo los escombros de la heroica, altiva Gaza.
Tal vez busquen ahogarlo en las aguas de las tierras de los pilagá
            masacrados y casi olvidados —
Eso: podrán intentar que lo olviden, y olvidarlo.

Les place sin duda desangrarlo, desgarrarlo, desmembrarlo.
Más aún: gozan con arrojarlo en la fosa común, incinerarlo,
arrojar cal viva y madera muerta sobre los despreciados despojos —
Eso: intentarán que lo desprecien, y despreciarlo.

Podrán levantar un muro, una montaña, multiversos de silencio.
Podrán sumir el mundo todo en la parálisis, el terror y el espanto. —
Podrán eso y esto y aquello — y mucho, mucho más.

Pero jamás podrán —jamás—
hacerlo  desaparecer.
Porque este ser que un cierto día fue,
tuvo un nombre y fue  nombrado.

                                   (24 marzo 2016)
(A 40 años del genocida golpe cívico-militar en la Argentina.)

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

LA DIVISA EN LA FRENTE


Pase lo que pasare —
como bola de fuego a través del hielo
o pedazo de locura a través de la ciudad —
                                               nada de patria jamás

Pase lo que pasare —
si a contraluz escribo con la pluma anclada
en mi alta noche encallada en el fablar —
                                               nada de patria jamás

Pase lo que pasare —
con cada para-sí... sin ton, ni son, ni ser...
en el mero hacer y deshacer de sociedad —
                                               nada de patria jamás

Pase lo que pasare —
mientras late doble el corazón en cada puño
atrapado en la masiva ola inmensidad —
                                               nada de patria jamás

Pase lo que pasare —
al poder todo el poder y después del poder
contra dineros, guerras, señor y propiedad —
                                               nada de patria jamás

Pase lo que pasare —
cuando la dulce lengua indígena forme el mundo
y más y más se haga amor, poesía y libertad —
                                               nada de patria jamás

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

PARA QUE ARDA ROMA


(gratis doy)

Toco instantes en la Torre del Blabladar —
¡y creen que me tienen en cerrado! —
Cada hablar es una senda, cada letra es una piedra,
pero este camino empiedrado no conduce a
«Roma La Eterna» —
                                           Desando, y desanudo,
esos lazos entre pasos, objetos, historias, huéspedes,
galaxias de amor y muerte —
"vida" y "sentido", "sensación" y "deseo" —
Y en ello vivo gratis,
pues gratis doy —
                              hasta el aniquilar mismo —
revolución mediante — de todo valor de cambio —
¡Hasta el cambio de todo valor! —

Cada instante gratis que toco y pongo
es mi camino arduo, lento y persistente de regreso a nos —
                                 ¡Lejos quedaron ya
« Hogar – Patria – Familia – Propiedad » ! —

¡Ahora la galaxia es mía y no me pertenece!

Para seguir nuestro viaje al infinito acá
hasta que ya no ardan romas y tramoyas,
trampas, trínculos, tronos y truhanes

                   ( — Ese sí
                    no será
            un día olvidable )

— Y por nunca fin
seguiremos viaje juntos hasta la última inalcanzable Luna
donde seremos siendo sólo vos, él, yo, ellos, nosotros, ustedes —

                             Y nadie más —
             ni menos

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

ESCRITO SOBRE EL PAPEL


Al poeta sin oficio, al sin profesión de ojos penetrantes,
al artífice de la pluma-que-fue-de-un-pájaro,
las visiones
bajo su mirar heredero de Leonardo, del Oscuro o de Redon
—que veían en la noche—,
las apariciones, las escenas, los ritos de imaginación
(imprescindibles)
no podrían velarle demasiado tiempo otras visiones, figuras:
ahí en el papel / blanco / alisado / con filigrana / o apenas sucio
donde traza sus signos para un nuevo tiempo,
como otra filigrana sensible a faros de contra-viento-y-marea
están los ecos del caer vencidas unas plantas y papiros derruidos,
el chirriar de sierras, los motores, del torniquete la urgencia,
otros árboles, mecanos y sustancias que no sé,
la tensión de unos músculos absolutamente imprescindibles
(aunque chefs de SinAlbúmina se jactan y dicen: ‘sólo por ahora, sólo por poco tiempo más’)—
Y están ahí las horas sin paga real alguna, aplastamiento de triunfos fugaces,
enormes victorias traicionadas  —
Ahí, todo a lo largo y exhaustivo de las vidas en obrajes malparidos
están los kilolitros de semen sangre y sesos —pensamientos vivos—
que hombres, mujeres y niños de vida dura
escupen a la cara del pulcrífero
que en un muy decente
periódico de moda
nos pregunta–
y se ríe–
: ‘pero
qué es un obrero?’

ALBERTO A. ARIAS -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

sábado, 30 de marzo de 2019

LA PASTILLA EN DESGRACIA / EVOCO / ESCONDIDA / POCA COSA

La pastilla en desgracia
Se abre el frasco
para facilitar su extracción:
esféricas,
multicolores,
y rimbombantes,
están apretaditas,
y apenas respiran.
Es que esperan terminar
en el estómago de un señor
flaco y muy serio,
que las necesita.
Sólo hay que abrir el frasco,
la enfermera con cara de torta
coloca una de ellas
en la boca hambrienta del señor flaco,
que la disuelve con su saliva
y
se duerme.

Del libro “Cuentos perversos y poemas desesperados”

Evoco una noche fría de invierno
nosotros saliendo de una casa
un tapado color sepia
y un traje oscuro,
¡inocencia!

Del libro “Cuentos perversos y poemas desesperados”

Escondida,
lista para el amague,
cuando crees que caminas,
firme el paso,
la decepción va haciéndose
felina y neutra.
Busca su presa;
no es un sueño roto
el que se lanza,
quiebra tu inmunidad
y te acuchilla,
esa forma de aparecer
que tiene,
siempre camuflada.

Maldita seas, decepción,
cuando apareces,
pues el paso aminora
hacia la muerte.

(Inédito)

Poca cosa

Con la bronca de una bestia
ofendida, desterrada
buscaría el mar para salvarme
de la traición y la pereza.

Pero es tan profundo el océano
tan astillado y fugaz el llano
que apenas si escribo estos versos
tan ineficaces como improbables.

 (Inédito)

PAULA WINKLER -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti


martes, 12 de febrero de 2019

HERMANDAD / AZUCENA


Hermandad

Hermanos cancerosos,
leprosos, cardíacos y accidentados,
amputados y aplastados por el dolor,
yo me he unido a ustedes
desde el grito sin descanso,
yo comulgué con ustedes
desde la miseria de un cuerpo
que se niega a obedecer,
un cuerpo autónomo en su forma de sufrir
de pedir un remedio
para el daño inaguantable.

Hermanos infartados,
tuberculosos y con delirium tremens,
con el pie baldado por la parálisis cerebral,
con el páncreas hecho trizas por la infección,
yo como de su mesa y mendigo su pan,
yo busco en la bella analgesia
el olvido de la sierra que pulveriza mis huesos,
yo comparto en la desgracia de un cuerpo
herido por la enfermedad,
la condición humana abyecta
que nos hace más hermanos
que el amor.

Hermanos sin alivio ni cordura,
hermanos en la escrófula y el herpes,
picados de viruelas, trozados por la peste,
ahogándose en un enfisema atroz,
yo sé lo que se siente cuando todo el universo
se reduce a un punto que entra en erupción
y la lava del dolor nos arrastra
nos crucifica
nos cunde
plegados en el grito y la experiencia del filo
en las entrañas o en el hueso.

Hermanos en el dolor del cuerpo,
hermanos en la bilis que se vuelca,
las células que, enloquecidas, se devoran a sí mismas,
en el aullido silencioso de la noche de hospital,
en la plegaria entrecortada rumbo al quirófano,
yo he comido la carne del delirio por el dolor
que no cesa,
he bebido el acíbar de la caricia que no calma,
he conocido la magia sin par de la morfina que de pronto sí,
de pronto envuelve los nervios calcinados
con su lienzo y su consuelo.

Hermanos cancerosos, hemipléjicos
o atravesados por una bayoneta,
somos la idéntica carne irredenta,
el mismo grito estentóreo o silencioso
donde claudica nuestra especie.

Del libro “Meditaciones orgánicas”

Azucena

Más bella todavía
con tu nombre verdadero
—lilium candidum—
que evoca tu condición pura,
blanquísima y perfecta,
me saliste al paso en los
Royal Botanic Gardens
de Kew.

No importaron, de pronto,
tus hermanas
—amabile, distichum, fargesii—
ni los sentidos infinitos
que podían despertar
—peregrinum, paradoxus, amoenus—
porque estabas elegida para mí
desde tu corola curvada
y tu aroma a anunciación
y claustro.

Lilium candidum:
ni mi mano se convirtió en pistilo
ni mi cuello en tallo aéreo,
no se abrieron surcos para
dar espacio a mi raíz,
pero un leve velo blanco
se tendió
entre tus flores y mi rostro:
promesa de una futura mutación.

Del libro “En la orilla del cuerpo”

CRISTINA PIÑA -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

lunes, 11 de febrero de 2019

HUBO UN DÍA / MIENTRAS MI ABUELO / TE AMO


hubo un día y no recuerdo si nací y en el trapecio maduré como una fruta herida y si nací canté en la cuna el porvenir mi esclavitud y si soñé con la familia con insectos y si la falta de equilibrio regresara y el cansancio que arrastra la vida en el agua en la palabra: mi cosecha mi excepción mi salto al vacío

hablo del día que caí y ya no supe más de mí ni de mis ceremonias: la infelicidad el trapecio roto la indigencia del poema

hablo del día que caí porque no supe si nacía o colgada de aquel sueño respiraba la vida de otros: desde allí narraba con distancia precipicio dolor: quién levantó los ojos me vio caer y no dijo nada?

Del libro “artista del trapecio”

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mientras mi abuelo sastre purga su vejez sinfónica mi hermano pequeño pisa las escamas del silencio resbaladizo desnuda durante el rodaje su introspección cae a pedazos aclama eternidad y sabe: el dolor es el piano desahuciado de mi madre un pez de espuma en la ventana del invierno una sábana donde inmolarse y dormir

 mi hermano pequeño cae desde su ojo izquierdo al precipicio de su cama levanta como un gato las orejas castas y con énfasis sopla apaga las estrellas las barre las encima para triturarlas cadenciosamente las traga como vidrio

dentro de una estrella rota me lo entregan mientras un gato lame sus heridas señala su cara azul de luna muerta: escombro desalineado

Del libro “el sastre”

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te amo para escribirme y desahuciarme para ser en mí un espacio de animal y de palabras en mí arrancándome desligándote para anunciarte como una pérdida como una estrella seca en el paladar de la conciencia estás y caés para arruinarme y maldecirme en mi poema el amor es una trampa ineludible para morir un poco menos estás para renunciar al dolor de tu infancia en mis ojos y no saberte nunca desdichado y no encontrarte nunca malherido y mantenernos así ardiendo en la lejanía que nos une no dejes que el daño sea todo dame para el desvío una cláusula despierta una tentación que roce los espacios y los sangre dame para el daño el desvío de tu impaciencia la luz que tus pestañas han borrado las aguas que arrojan vaguedades los peces que escaman en silencio de negra la espesura del pudor

Del libro “el desvío y el daño”

MARÍA MALUSARDI -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

DEJÁ QUE ENTRE LA LUZ / HAY UN CAMINO / COMO A CADA BESO / LOS CAMINOS SE ABREN


Dejá que entre la luz,
dejala que entre,

que se acomode,
que abra su valija;

no vayás a echarla;
dale de comer;

dejá que ande por la casa.

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Hay un camino
aún no atascado,

aún ni pensado,
que comienza

en la punta justo
de tus pies; hay

un camino; hay,
hay un camino.

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Como a cada beso lo borra
el viento que sopla y sopla,

ella pocea y pocea la arena,
pareciera, con más fuerza;

es el viento húmedo, poceado,
que escribe, escribe, escribe.

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Los caminos se abren
       o se cierran
según sean tus cauces.
Silban vientos altos
o silban víboras.
       Se arroja
la marea, o apenas
       se anilla
en dibujo leve
       el charco.
Tú trazas tu mapa
       y lo respiras.

Eduardo Dalter -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

BAJO LA METRALLA / Y EL PÁJARO VOLÓ


Bajo la metralla
                                                                              
caen bombas sobre la ciudad , la metralla enemiga ha convertido las plazas en agujeros de noche, los pájaros del balcón, en siluetas oscuras que atraviesan el aire como signos del desastre.

caen bombas sobre la ciudad y el rumor de pies en desbandada carcome los costados del silencio, ni siquiera un instante se ha escuchado una débil voz humana en el fragor de la batalla.

caen bombas sobre la ciudad y desde las alcantarillas —que hasta ayer transportaban el pesado cargamento de los sueños— granadas ocultas, minas traicioneras han hecho saltar en pedazos el mundo familiar.

caen bombas sobre la ciudad y ella, en medio del derrumbe, ha tomado su maleta, la jaula del gato y un par de plantas para unirse a la caravana que parte en desorden de la tierra devastada.

Pero al llegar a la glorieta donde nació el amor, a los árboles gemelos que
las balas enemigas perdonaron, ha levantado —con la maleta y el gato y las dos plantas— una tienda de campaña donde lo espera, invencible, con una rosa entre los labios y la canción que cantaba y cantará en sus brazos.

Del libro “Pasajera en tránsito”

y el pájaro voló de la rama,
el gato escapó de abajo
de las mantas,
el pez dorado se escondió
entre las piedras
del acuario

todo lo pequeño
nos ha abandonado
vida mía
y apenas nos tenemos
vos y yo
en la quietud de la
madrugada

Del libro “Magia blanca”

Cristina Piña -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti

domingo, 10 de febrero de 2019

LA FAMILIA / UNO SABE / EL DESCENSO DE JAQUELINE / MI LUGAR


la familia está en la ropa
de cada día en el tenedor
en el bocado
en la explosión del puré de calabaza

la sintaxis familiar descansa en la
fragmentación del cuerpo:
la poesía infierno de mis partes así somos
las palabras

la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris

en el quicio de la metáfora
el teorema de la existencia si me roza hasta la herida
la cara se queda sin cara
entierro
prematuro de quien hunde desesperación
en el lenguaje

hay hormigas en mi cocina evoco
a marianne moore
la poeta
han cavado entre los libros la tumba la seda del verbo
salieron en procesión degradando
adverbialmente el caos de mi alacena no han podido hacer
del azúcar
el sueño de un caballo
a mí
me raptaron
me besan con dolor

el poema empieza en el sacrificio
me afilo
derrame de jardines sobre el caracol:
última fiesta bajo el pétalo caído

Del libro “La carta de vermeer”

Uno sabe que no puede convertirse en nada descabellado al viento cuando dialoga con un pescador uno sabe que el mar es silencio y rebeldía en la inacción uno sabe que perderse en otra piel es desandarse de uno mismo está escrito sellado en la arena

qué espera el pescador más que una mujer triste atareada en la escama? barcos que la mujer de sus ojos desquita? su cara astillada en la arena? un poema que desahucia en el caracol?

debo romper la idea después de descubrirla la distraigo la desvío hacia otro derrumbe del lenguaje escribo en la arena lo perdido en tus ojos

Del libro “Diálogo con pescadores”

El descenso de jacqueline du pré

Preludio la ceniza de mi infancia: mi madre arañaba los ojos del incendio y me dormía así los cuentos de la noche encallaban el árbol en su sombra el agua ardía en el devenir de los infiernos allí donde la música esparce sus caballos y me deja

no puedo quejarme de los huesos: la música se ha enfermado en mí he roto la cuerda un acto de confusión y de olvido miles de manos entre sábanas riéndose intentaron elevarme sostenerme en la gloria me he dormido sobre la escena no hubo tiempo para el desarraigo estoy aquí: los dedos tiemblan cuando amanecen sobre la madera intacta del silencio

Del libro “Museo de postales”

Mi lugar de arena un orfanato dentro esas niñas tensas que no fui niñas que no soy niñas que no habrá todas sienten lástima de mí cuando me exploran mastico arena en un rincón sin bordes ni horizontes y no me escuchan cuando canto

Cuando canto es cuando muero y ya no sabré viajar de mí hacia mí elevándome en la bicicleta azul o en un poema antiguo trozos de niña en el bordado del mantel sus estridencias y el óxido donde bailo añoro música la arena del castillo deshaciéndose el baldecito rojo el mar arrebata la escritura y cuanto más moja más revela la desdicha esa hinchazón de la mañana sobre el labio

Del libro “El orfanato”

MARÍA MALUSARDI -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti


DESTELLOS EN LA NOCHE / DESPUÉS DE TODO / LOS ÁRBOLES


DESTELLOS EN LA NOCHE

De esta arboleda
tomá tu color
o tu desdicha; y tomá
tu mar, tu vaso...
Todo suena, pareciera,
a nueces secas. Pero
también suena un río
       grandioso
que aún no escuchas.

DESPUÉS DE TODO
 
Después de las
      tormentas
y de todos los
      granizos,
inclusive después
      de creer
que poco o nada
      es posible,
ninguna hora,
      ningún río,
después de los
      entierros o
      destierros,
o cuando parece
      que el aire
se aquieta o se
      cancela,
ahí se abre la flor,
      y dice,
como si fuera
      el primer día. 

LOS ÁRBOLES

Los árboles
son extraños;

saben algo
que repiten;

las semillas
los piensan,

los desean
y los hacen,

profundas e
incesantes,

contra la sed,
contra la noche.

Eduardo Dalter -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti