Aún se escuchan
los tímidos susurros,
de las palabras
que las piedras
pronunciaron.
Ese canto al ser,
al haber sido convertidas
en cálidos aposentos,
en resguardo de amores,
en lugares de reunión
ó de placeres.
Aún se oyen
esas plácidas conversaciones,
las que nos relatan,
la música escuchada,
las promesas rotas,
los cánticos grotescos
y los insultos dóciles,
de dóciles humanos.
Aún conocen
algunas gentes,
la expresión poética,
el deseo innato,
que nos conmina:
si las piedras hablaran...
Julio G. del Río
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