(Para Claudio Lahaba)
… Y llegaron a buscarme.
Los cálidos soles
me sacaron la lengua,
una lengua roja,
que se destacaba
de sus amarillos rostros.
Las miradas me miraban
y las tejas rompieron a llorar,
se calló el loro del vecino,
como presintiendo
una desgracia.
En el comedor
se acabó el brindis
y volvimos a ser estatuas
y el atardecer,
nos confundió.
La música no paraba
de no sonar,
Claudio,
el violinista loco,
nos ofreció un arpegio,
envuelto
en papel de regalo.
La ciudad moría,
moría,
moría a grito pelado y,
en el escalón del teatro,
las actrices se desnudaron
para ofrecernos
una copa de vino.
Julio G. del Río
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