miércoles, 14 de enero de 2015

EL HOMBRE SOLO


Pensaba en su soledad, casi se recreaba en ella con cierto sentimiento morboso y autodestructivo, como si la necesidad de tener un enemigo la supliera con ir en su propia contra. Los años de tratamiento no habían servido más que para ahondar en la conciencia de su aislamiento y en su actitud asocial. A menudo se preguntaba si no había caído en una especie de misantropía existencial. Pero en realidad tampoco sentía un especial odio hacia los demás. Más bien se trataba de una indiferencia desesperanzada. Los demás tendrían sus propias guerras y su principal preocupación era evitar los efectos de las relaciones con ellos. La única relación que mantenía era con su psiquiatra, tres horas semanales de terapia, que le obligaba a ducharse, cambiarse de ropa y salir de casa. Un día, estando en la consulta, le sugirió el doctor que recordara la mejor época de su vida. –¿Cuál doctor, –le respondió, aquella en la que deseaba estar muerto?

Isidoro Irroca

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