Si no es de naipes,
si no es de arena de playa,
si no es de plástico hinchable,
si no es de fuegos artificiales,
ya se sabe lo que cuesta levantar un castillo…
Tanto muro, tanta torre, tanta almena,
tantas almas en vértigo andamiadas,
tanto pulso de manos encallecidas
cincelando las piedras angulares,
tanto sudor, tanta lágrima hecha piedra,
tanta sangre amasando la argamasa,
siempre en el cerro más alto y escarpado.
Ya se sabe que un castillo no dura para siempre,
que no resiste el asedio de las huestes del tiempo,
que no hay muralla que no se desmorone
ni torre que los años no derritan;
que los siglos devoran sin pausa
los contrafuertes, las barbacanas,
los torreones, los matacanes,
las banderas, los estandartes más gallardos…
Ya se sabe que un castillo
no sirve ni defiende para nada,
que nunca es inexpugnable,
que se rinde a las torres de asalto
de las empresas que organizan
las cenas y los mercados medievales,
que se expone a los saqueos
de las cámaras fotográficas japonesas,
a las plagas de los turoperadores
o a los arietes de los peoncitos espías
JOSÉ
PUERTO
de los mapas de Mister Google,
o a las catapultas de los parques temáticos
que secuestran los castillos verdaderos
y los clonan en azúcar rosa y azulón…
Ya se sabe… pero todos también sabemos
que no se puede, sin echar mano a un castillo,
cantar romances de bravos caballeros,
de reinos perdidos y amores de frontera,
contar leyendas de reyes, de magos, de camelos…
Ni escribir cuentos de princesas de trenzas largas,
de princesas blancas, cenizosas o dormilonas,
que no se podrían cultivar sin castillos
las flores pasteles de la fantasía
que tanto nos han alimentado…
Pero tú y yo sabemos sobre todo
que no se puede resguardar el alma
ni curar sus heridas de guerra,
ni volver a ensamblar sus cristales rotos
sin refugiarse, sin construirse
de vez en cuando un castillo interior
con el canon del Temple o del Carmelo;
sin levantar una muralla siquiera sutil,
siquiera de gelatina con fecha de caducidad;
sin cercar un patio de armas
donde velar las propias a la luz de la luna,
donde alzar nuestra propia torre de homenaje
y sentirnos seguros despegados del suelo,
dominando el horizonte del campo de batalla;
donde un emperador celeste y luminoso
nos arme caballeros, nos infunda valor
y nos otorgue la sufrida, la alta misión
de ensanchar la frontera de la nobleza pura
enfrentando las mesnadas negras,
sean de dragones, de gigantes o molinos
JOSÉ PUERTO
Publicado en la revista Saigón 22
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