Apenas puedo levantarme, estoy en un estado aletargado, desorientado e incluso extremadamente cansado. Me fijo mejor en la ropa que me viste, apenas unos harapos cubren mi esculpido cuerpo. Comienza mi camino hacia ninguna parte. Apenas miro a cuantos me cruzo, mi inconsciente les rechaza de manera casi matemática. Qué coño hago yo aquí, no pertenezco a este lugar, al revés, ahí es donde acaban más de la mitad de mis clientes. Se cruzan ante mi personajes absolutamente colocados de ni se sabe que, gente que no tiene nada en absoluto y eso es lo que más miedo me da, no hay persona más peligrosa que la que no tiene nada que perder. Sigo andando en un trayecto que parece eterno, a lo lejos diviso algo que parecen casas baratas, no estoy seguro de ir hasta allí. No tengo salida. Me miro las manos, los brazos, las muñecas… ni rastro de mis joyas, así que debo arriesgarme. Una vez en el centro del “poblado” el miedo me invade el interior pero sé controlar cada uno de mis gestos para que no se note. Me cruzo con un par de chavales. Les pido que me digan por donde volver al centro, me lo indican de mala gana con un solo gesto de cabeza. Ese es su territorio y yo solo un extraño que anda metiendo las narices donde nadie me llama. En mi trayecto hacia el centro observo familias enteras de desarrapados, riendo a mandíbula batiente, y no soy capaz de entender qué coño les hace felices. El olor de la verdadera ciudad empieza a impregnarme, y me empiezo a sentir más cómodo. Tras más de hora y media caminando con unas zapatillas de deporte que apenas tiene suelas voy ubicándome. Busco en mis bolsillos algo de dinero para tomar un taxi, están completamente vacíos. Tendré que seguir caminando. Tras el largo trayecto llego a mi barrio, las miradas de cuantos me cruzo son de desprecio, casi de asco y desde luego de repulsa. El portero de mi edificio se aparta discretamente de mi lado al abrirme las puertas, le pido la llave de repuesto de mi encantador loft, estoy deseando ducharme. Con una mirada de desconfianza me abre la puerta, a primera vista me falta todo tipo de objetos valiosos, incluso el mobiliario más caro, apenas queda una triste mesa y una nota en ella. Busco desesperadamente mis ordenadores. Ninguno de ellos está. Es como una isla desierta. En mi armario no queda ni un solo traje, tan solo ropa informal, de segunda mano. Da igual, las llaves se encuentran encima de la mesa, a su lado una nota:
“Quizás la justicia divina te envíe de nuevo al estercolero desde el que saliste”. Empiezo a notar unas terribles e incontenibles ganas de venganza. En el ascensor, rezo porque mi coche siga en su sitio. Cierro los ojos mientras la puerta se abre. Allí está, reluciente. Me pongo rápidamente de camino a la oficina. Nada más llegar las miradas de cuchicheo a mí alrededor, ya no les impongo respeto. Entro en mi oficina y está vacía. Intento hablar con el director, pero su puerta ya no está abierta para mí. ¿Qué está pasando? Le pido al único amigo que tengo por allí que me deje entrar en su ordenador, una corazonada fatal me está matando. Mis cuentas corrientes apenas tengo trescientos euros de saldo, entre todas setecientos treinta euros. Sudo, la rabia me está llenando de una sensación que no puedo controlar. Aparece el director.
- Sr. Salgado, los únicos autorizados a estar y permanecer en nuestras instalaciones son los trabajadores, debe irse.
- Como que debo irme- grito a toda voz- esta empresa me debe la vida.
- Esta empresa no le debe nada- con un gesto, llama a seguridad.
Apenas puedo creer que un guardia me invite a salir del edificio. Me duelen los ojos, y sé que están enrojecidos. Salgo dispuesto a conseguir respuestas.
ANNA LAFONT
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