“Estos días azules y este sol de la infancia”
Antonio Machado
No hay rastro del alba del tiempo azulado.
Tu mente no guarda constancia ninguna
de las peripecias del primer pasado.
Cual cierra la noche un eclipse de luna,
enfoscó la traza de aquella memoria
un velo ignorante del bien y del mal.
En el documento de tu propia historia,
no queda detalle del drama inicial
hasta que algún día, de incierta bondad,
un gesto, un efecto, una tentativa…
imprime su huella, a perpetuidad,
en la arcilla tierna de la retentiva
y, al sol de la infancia, apenas naciente,
en el folio en blanco de tu devenir,
con un verbo inhábil, de pluma incipiente,
tu historia consciente se empieza a escribir.
Otro debutante. Otra primavera.
Parece que el mundo esté por estrenar,
que la expectativa no tenga frontera,
que cualquier quimera se pueda alcanzar.
La magia del juego del descubrimiento
configura un predio de fabulación
donde en la utopía hay convencimiento
y donde los sueños, más que sueños son.
Pero el desconcierto de la adolescencia
genera un contexto de angustias y miedos,
de caos, de quiebras y de vehemencia,
de agobiantes dudas, de mudables credos.
La amarga secuela de tanto trasiego
será un manifiesto de perplejidad:
hasta en lo más plácido hay desasosiego,
hasta en lo más cierto hay ambigüedad.
El ego endiosado de la plenitud
da al presente el rango de imperecedero.
Bajo el cielo abierto de la juventud,
con la altanería de un aventurero
que pretende el mito del bien perdurable,
libras con los años un pulso ilusorio
cuyo desenlace es incuestionable:
nada es sempiterno; todo es transitorio.
La escarcha del fiasco te enfría el ardor,
la sal del cansancio te agosta la piel…
Chronos, el metódico aniquilador,
con mano impasible gobierna el bajel
que te va llevando inexorablemente,
en la singladura de cada experiencia,
con el rumbo fijo a lo senescente
por la mar morbosa de la decadencia.
Impone su astenia la melancolía;
la esperanza pierde su razón de ser;
en la dramaturgia de tu día a día,
la voz del mañana, la toma el ayer.
Y al cabo, la historia se habrá repetido.
La misma tragedia. Siempre ha sido así:
el eco doliente de un tiempo perdido
y el de unas campanas que doblan por ti.
Se ha desmoronado hasta el desencanto.
Te ha barrido el alma la estupefacción.
Ni el miedo ha quedado; tan solo quebranto
ante la inminencia de la conclusión.
La luz del recuerdo
Y ha virado al tono del sol infantil
-el que iluminaba el tiempo azulado;
aquel que brillaba al principio del fin.
JAIME CALATAYUD.
Accésit del Premio Diego de Losada 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario