domingo, 6 de abril de 2014
LA HABANA DE MEYER LANSKI
Se llamaba Ubaldo Mansilla Jubet y su bufete, Mansilla Jubet &Partners (aunque el único asociado era él) se localizaba en un amplio piso de la calle Velázquez, donde trabajaban: un pasante recién titulado; tres becarios que pagaban por hacer prácticas; un contable que solo iba por las tardes y nunca hablaba; su chofer, un tío grande con cara de bruto que hacía los recados; dos secretarias, una fea y eficiente, y otra rubia, menos competente, pero que además de estar como un tren, tenía otras habilidades, y por último, la señora de la limpieza, natural de Oruro, Bolivia, que venía los miércoles por la tarde y el resto de la semana trabajaba de asistenta en el domicilio del abogado.
Moreno trigueño, con evidentes gotas de sangre africana, estatura media, fuerte complexión y andares abundantes, había nacido en un pueblo perdido del Oriente cubano, no muy lejos de Birán, de donde son originarios los hermanos Castro Ruz. A pesar de sus trajes caros (llevaba chaleco, pajarita y tirantes) y abundante joyería, tenía un cierto aire desaliñado, al que contribuía su prominente barriga, en la que lucía todo tipo de medallas conseguidas en los más prestigiosos restaurantes de la ciudad, a los que, arrastrado por su pasión gastronómica, acudía habitualmente.
Su inclinación por los razonamientos crípticos e hiperbólicos, le había dado una cierta reputación de extravagante. Inclinado desde niño, por influencia materna, al mundo de lo oculto, era un profundo conocedor de las ciencias esotéricas y parasicológicas, que practicaba de forma concienzuda, asistiendo a congresos, participando en debates y apareciendo en programas de radio y televisión, de esos que se ocupan de los mundos del más allá, con músicas inquietantes de órgano y presentadores con voz de barítono. Sacerdote babalao de una secta santera de origen haitiano-cubana, que incluía como acólitos a los miembros de su familia, a los de la familia de su señora, y a unos pocos allegados más, se decía que aplicaba sus prácticas de santería a la resolución de sus asuntos en los tribunales, y que los extraños gestos previos al inicio de sus exposiciones, no eran otra cosa que encomiendas a santos, o maleficios lanzados contra el opositor de turno a fin de derrotarlo. La verdad era que, aunque sus colegas se reían de esas cosas, acojonaba un poco. Sobre todo, desde que en dos célebres casos, acaecidos precisamente en aquél año judicial, sus fiscales oponentes, sufrieron sendos derrames cerebrales, que acabaron con la vida de uno y dejaron al otro con una tartamudez profunda, que bien pensado, es el colmo de la desgracia para un fiscal.
Con motivo de los citados hechos luctuosos, hubo algunas protestas por parte de los fiscales de la Audiencia, para que se impidiera a Don Ubaldo la realización de aquellas prácticas rituales, pero el Colegio de Abogados, atento a la protección de los sagrados derechos de la defensa, le proporcionó el lógico amparo, argumentando que el signo de la cruz, con el cual se santiguaban también algunos acusadores públicos, tenía un similar valor en un estado no confesional, por lo que limitar la encomienda a los espíritus en los que cada uno creyera, no resultaba pertinente por ser cuestión de índole estrictamente personal, que amparaba el artículo dieciséis de la nueva Constitución. Desde entonces, en las vistas que intervenía, una vez distribuida en el sillón adecuadamente su gran humanidad, Don Ubaldo sacaba de su maletín de cuero negro una estatuilla de San Lázaro y la ponía sobre su estrado. Cuando le preguntaron con qué legitimidad lo hacía, respondió:
– Con la misma que los católicos cuelgan a su crucificado en la pared…
Así se supo que el santo que tomaba el cuerpo del letrado, era nada menos que el Babalú Ayé africano, de quien, los que saben de estas cosas, aseguran, es uno de los santos más fuertes y chuletas de la santería cubana. Conviene aclarar, que este San Lázaro, es aquel personaje de los Evangelios a quien el Galileo le dijo lo de “levántate y anda”, y que se encuentra entronizado en muchos altares de las iglesias de Cuba, sin que la Iglesia Romana lo haya nunca incluido en su santoral, esto es, que en la isla, es santo de facto, pero no de canónigo derecho. Supongo que se deberá, a una cuestión de política contemporizadora del Vaticano con la Cuba socialista de Fidel.
Resulta paradójico que, el demonio a combatir por la Iglesia cubana, no haya sido precisamente el ateísmo promovido desde los poderes del estado, sino la santería, a la que en otros tiempos se abrieron las puertas de los templos para atraer a los pobres negritos, con la estratagema infantil de cambiarles los ídolos africanos por otros cristianos. El problema fue que, una vez dentro, este sincretismo se quedó, echó raíces y siguió su existencia autónoma, como una potente corriente subterránea que hoy se mantiene con más fuerza que nunca, incluso entre los blancos. Así las cosas, lo curioso de muchos templos cubanos (como por ejemplo el de la Virgen de Regla, patrona de la bahía de La Habana, en quien la santería ve a Yemayá, una deidad marina madre de todos y símbolo de la fecundidad) es que, aunque a simple vista resultan parecidos a los del resto del orbe católico, una mirada más atenta, percibe un algo especial, que se desprende de la forma en que la gente reza ante las imágenes. Lo que en el fondo sucede es que, algunas iglesias, se han convertido en tapaderas de verdaderos templos santeros, donde se sigue adorando, en las imágenes de los santos cristianos, a los santos o ídolos (según desde donde se mire) africanos, traídos por los esclavos en los barcos negreros. Y es que, estos santos paganos, más listos, fuertes, y prácticos que los cristianos, acostumbrados a tomar los cuerpos de los hombres, han acabado por tomar también las estatuas de yeso y madera de los canonizados, y allí se han quedado. Y claro, eso, la gente lo sabe. Y Fidel también. Sólo la Iglesia Católica parece olvidarlo, haciéndose la loca y mirando para otra parte.
Y así están hoy por hoy las cosas, en aquella isla peculiar, mágica y con morfología caimanera, para una Iglesia que siempre fue católica, española, aristocrática, blanca, esclavista y heredera de la conquista y el negocio negrero. Supongo que a estas alturas, ya no hay dios que pueda deshacer ni enmendar esto. Porque no se trata de una corriente interna más o menos alternativa, como la Teología de la Liberación (aunque por ahí andan algunos reivindicando al padre Valera, para congraciarse con los aspectos sociales de la Revolución) fuertemente implantada en el cono sur americano, sino que, como aconteciera en la Roma Imperial con la primitiva religión cristiana (la de los esclavos de entonces) que reconvirtió las grandes basílicas paganas en iglesias cristianas, los actuales templos de la isla caribeña han sido también tomados por la religión de los antiguos esclavos negros. Es la venganza que se cobran ahora los dioses y los santos africanos, por tantos siglos de opresión, injusticia, maltrato, dolor y sangre de los hombres de color, a manos de los civilizados blancos. Así se hace realidad aquel antiguo proverbio que dice:
“Los dioses de los vencidos, acaban siendo los demonios de los dioses vencedores”.
Cuando Ubaldo Mansilla acabó sus estudios de leyes en Holguín, después de un año de holganza en Miami, con la disculpa de cursar un master en derecho comercial y perfeccionar su inglés, entró a ejercer de pasante en el bufete de su padre, hasta el fallecimiento de éste, acaecido unos años después de que Fidel entrara victorioso en La Habana. Don Vicente, que así se llamaba su progenitor, era un asturiano de Langreo, que siendo casi un adolescente, había emigrado a la isla caribeña, colándose de polizón en un carguero que partía del puerto gijonés de El Musel. De carácter decidido y emprendedor, consiguió hacer fortuna, estudiar derecho y convertirse, durante el periodo machadista, en un cacique influyente en los negocios y la política de las provincias orientales. Casado con una mulata haitiana, perteneciente a una familia aristocrática, que había llegado a la isla huyendo del triunfo de la primera revolución negra, tuvo ocho hijos, el menor de los cuales era Ubaldito. Propietario de un importante ingenio azucarero, que bautizó con el nombre de Covadonga, actuó durante varios años como secretario de la Asociación de Hacendados de Cuba, a la sombra del gran terrateniente y hombre de negocios Julio Lobo Olavarría, junto a quien medraría, ampliando propiedades, plantaciones y fortuna durante el primer gobierno de Batista, y después, afiliado al Partido Auténtico, con los de Ramón Grau y Carlos Prío. A inicios de los cincuenta colaboró en la creación del Banco Financiero, promovido por Lobo, institución que estuvo dando bandazos, hasta que se consolidó con la entrada en su capital, de la mafia norteamericana.
Con el golpe de Batista en el 52, Mansilla entraría, de la mano de Lobo, en los grandes negocios mafiosos de La Habana. Fue a través de éste, como conoció a Meyer Lansky, el brillante financiero del hampa, que convirtió La Habana en un gran centro internacional de negocios y recreo. Lansky acabaría dominando los hoteles, el turismo, los proyectos inmobiliarios, las obras públicas, los casinos, el juego, la prostitución de lujo, el movimiento ilegal de capitales, el contrabando de piedras preciosas y el tráfico de drogas (especialmente la moderna cocaína procedente de Sudamérica) que crecía día a día entre la isla y el gigante del norte.
Aunque manteniendo sus bufetes separados, Don Vicente Mansilla se asoció con el también abogado Rafael García Banco “Rafa”, representante legal en la isla del capo Santo Trafficante. Fue la palanca definitiva, para que las puertas del poder político y de la vida social de La Habana se le abrieran de par en par. Así fue como pasó de ser un cacique local de las lejanas provincias orientales (había sido alcalde de Holguín en el primer periodo batistiano) a participar en el reparto de prebendas en los gobiernos del Partido Auténtico (a pesar de que la mafia situaba siempre a sus peones cubanos en un segundo plano, sin participación directa en sus decisiones) y en las migajas de los fabulosos negocios que Lansky y los suyos habían emprendido en la isla, con la cobertura gubernamental.
En aquellos momentos, el joven Ubaldito era un despreocupado cachorro más de la burguesía habanera, enriquecida a la sombra de los negocios del crimen, que se dedicaba a divertirse incorporando a sus costumbres los nuevos patrones y formas de vida norteamericanas. Su día pasaba entre el Habana Yach Club, el Vedado Tennis Club, el Country Club, la barra del Hotel Nacional y los clubs nocturnos Sans Souci y Tropicana. Los tradicionales centros regionales españoles, como el Centro Gallego, el Centro Asturiano, la Asociación de Dependientes del Comercio y el Casino Español, a pesar de sus hermosísimos edificios del centro, habían pasado a representar un estilo de vida caduco y desfasado, propio de una pequeña burguesía tendera, anclada en el siglo XIX sin ningún atractivo para los hijos de la nueva y pujante burguesía, que tenían puestos sus ojos en el deslumbrante mundo yanki.
En el bufete, su trabajo se reducía a unas horas por las mañanas en asuntos de trámite, en mandados reservados de Don Vicente o de Don Rafael y en poco más. La verdad es que apenas se enteraba de los negocios y gestiones que su padre y su socio llevaban para sus clientes yanquis. Pero cuando el grupo de urbanistas americanos Town Planning Associates, capitaneados por José Lluís Sert (el arquitecto catalán, vinculado al Gobierno de la República y a la Generalitat catalana, exiliado en EEUU y reconvertido en urbanista de las corporaciones capitalistas del imperio) desembarcó en La Habana para hacerse cargo del Plan Director de su Área Metropolitana (que debía reconvertirla en la ciudad loisir de la burguesía nacional y del capital mafioso) el joven Ubaldito fue puesto a disposición del famoso urbanista para hacer presentaciones, llevarle de un lugar a otro, ayudarle en lo que hiciere falta y hacer su visita más agradable. Así, a través de sus abogados, La Mafia colocó a su espía para vigilar que al famoso arquitecto no se le fuese la cabeza con viejas ideas españolas de justicia social, alejadas del gran negocio inmobiliario que proyectaba para la Gran Habana de tres millones de habitantes. Desde aquella atalaya, comenzaría su aprendizaje.
Cuando Don Vicente Mansilla conoció a Meyer Lansky, quedó deslumbrado por la personalidad del consigliere del Capo di Tutti Di Capi, el famoso Lucky Luciano. Nacido en la ciudad rusa de Grozno (entonces territorio polaco) y emigrado con sus padres en 1911 a Estados Unidos, su verdadero nombre era Maier Suchowijansky. Amigo y compañero de escuela desde la infancia de Luciano (a pesar de ser judío) se inició con él en el mundo delictivo de Nueva York. Ingenioso y persuasivo, Lansky era una inteligencia brillante y práctica, a quien gustaba actuar en la sombra. Su presencia en La Habana era casi un misterio. Admirado y temido por amigos y enemigos, nadie se permitía tomar una decisión sin que él antes la autorizara. No era precisamente un mafioso al clásico estilo italiano, ni pertenecía a las tradicionales familias sicilianas. Austero y refinado en los modales, no levantaba la voz ni perdía la compostura. Con una gran memoria (nadie le vio nunca tomar notas ni escribir nada) de pequeña estatura, delgado, con una nariz prominente, vistiendo ropas caras pero convencionales, su objetivo era pasar inadvertido. A no ser en momentos excepcionales, no bebía en público (todo lo más, algún vaso de leche) y a pesar de vivir tiempo en Cuba, no hablaba en español, aunque lo entendía. Incluso hablaba en inglés, en sus largas reuniones con Batista.
Casado y residiendo oficialmente con su esposa y sus dos hijas en Estados Unidos, mantenía todas las formas de un matrimonio americano bien avenido y convencional. Sin embargo, y al margen de las prostitutas que ocasionalmente se hacía llevar a sus residencias por Jaime, su chófer y guardaespaldas cubano que habitualmente le acompañaba, mantuvo durante años una relación con una misteriosa dama cubano española, de nombre Carmen, a la que había puesto un piso en el Paseo del Prado, donde habitualmente la visitaba. La relación debió ser seria, pues después de la revolución, la mandó a buscar para llevarla a Miami.
En ocasiones, después de haber recorrido algunos de sus casinos y cabarets para hacer sentir su presencia al personal, le ordenaba a Jaime que le llevara a pasear en coche por el Malecón, para disfrutar del aire fresco y salino de la madrugada. Detenía el auto en las cercanías del monumento al Maine, junto a la embajada americana, y mientras Jaime vigilaba en el exterior, él, en silencio, pasaba un largo rato disfrutando del sonido de las olas en su incesante golpeo contra las rocas. Otras veces se perdía de su chofer y conduciendo su Chevrolet beige descapotable, desaparecía unas horas o unos días sin que nadie conociera su paradero. En el fondo era un solitario. Quizás hasta un poco sentimental, pero no por ello dejaba de ser implacable. Como cuando en el 57 tuvo que enfrentarse a las bandas de Nueva York que, insistían en participar en el reparto del pastel habanero.
Tras de su deportación a Italia, Lucky Luciano había intentado rehacer sus negocios utilizando la isla como plataforma, pero la persecución emprendida por las autoridades norteamericanas contra la mafia y las presiones al gobierno cubano le obligaron a retornar a Europa. Es verosímil suponer, que la mano de su lugarteniente Lansky tuvo algo que ver con ello, pues a partir de entonces, éste se convirtió en el capo absoluto de una isla convertida en la joya de la mafia y gobernada por él como una gigantesca corporación, cuyos métodos distaban mucho de los tradicionales, con que los sicilianos se habían iniciado en América.
Desde 1940, Lansky había limitado su presencia en la capital cubana a viajes esporádicos de unos pocos días para controlar los negocios. Sus residencias habituales eran Las Vegas, Miami o Nueva York, pero a partir de finales de los cincuenta, se erradicó definitivamente en la deslumbrante Habana, para atender su gran cantidad de intereses, buena parte de los cuales ya eran legales. Aunque desde los años treinta (fue quien negoció con Batista, por encargo de Luciano, la implantación de la mafia en Cuba) tenía permanentemente reservadas lujosas suites en el Hotel Nacional (además de la suite de lujo que se había reservado en la planta diez de su hotel Riviera, símbolo de la arquitectura moderna del momento y que apenas si la utilizó más que para algunos encuentros) vivía habitualmente, por cuestiones de seguridad, en alguna de sus varias y desconocidas quintas de las afueras.
En el aspecto organizativo, Lansky solía reunirse los viernes con su estado mayor, formado por todas las familias mafiosas norteamericanas de la isla. Las reuniones, bajo estrictas medidas de seguridad, tenían lugar en casa de Joe Stasi, el gerente general de todos los negocios de la mafia en la isla. Se iniciaban puntualmente a las dos y acababan hacia la cinco de la tarde. Su chofer le esperaba con el motor encendido a las dos menos cuarto en la entrada del Hotel Nacional y a las dos llegaba a la reunión, exigiendo igual puntualidad al resto de sus lugartenientes.
Desde 1956 los grupos mafiosos de Nueva York (Genovese, Anastasia, Profaci, Gambino y sus afines) acuciados en sus propias ciudades por las investigaciones del Senado contra el crimen organizado, habían puesto sus ojos en el Imperio de La Habana. Las presiones para tener una parte de aquel inmenso negocio de la isla, eran una y otra vez pospuestas por Lansky y los suyos, dando largas sin ofrecer una contestación satisfactoria. Así que cansados de tantas dilaciones, el grupo de Nueva York, pasando por encima del clan habanero, forzó en el 57 su entrada en la isla con la apertura de varios casinos. Pero Lansky (a fin de evitar el enfrentamiento directo, había aparentado retirarse a una discreta segunda posición) desde la sombra, movía los hilos con los grupos políticos de Washington y los servicios secretos americanos para resistir aquellas presiones de los grupos de nueva York y preparar su definitiva ofensiva a gran escala contra la mafia continental. Y estalló la guerra entre las bandas. Una guerra rápida y violenta, que no tuvo precisamente como escenario la isla, si no que escogiendo el campo de juego, Lansky la llevó al norte, a la casa de los otros, dejando decenas de cadáveres en varias ciudades americanas. Con las muertes de Anastasia y Scaliese (íntimo de Luciano) y el ruidoso atentado contra Frank Costello, a las familias de Nueva York no les quedaba otra alternativa que convocar urgentemente al dialogo.
El 14 de Noviembre del 57, se congregaban con este fin en el hotel Apalachín, casi todos los grupos de Estados Unidos que pretendían entrar en Cuba. Faltaban Luciano y Adonis que no pudieron asistir por encontrarse en Italia. Tampoco estaban Anastasia y Scalise que habían muerto en la refriega, ni Costello, que después del atentado consideró que no tenía nada que dialogar. A aquella reunión de delegados de segunda que, estaba condenada a la capitulación y al fracaso, Lansky envió a Santo Trafficante júnior y a Joe Sileci. Al poco de iniciarse la reunión, llegó la policía y detuvo a todos los mafiosos. Los arreglos de Lansky condujeron después a la detención de don Vito Genovese y a la desarticulación de una de las redes más importantes de tráfico de narcóticos. Cuarenta gánsteres de importancia fueron apresados, y lo más curioso fue que, casi todas las pruebas para que la policía de Estados Unidos realizara la operación, fueron aportadas por los servicios secretos cubanos. Así se las gastaba aquel judío solitario, astuto y sentimental llamado Meyer Lansky, que a diferencia también de los otros grandes padrinos, moriría en la cama.
Pero entonces llegó el Comandante… y mandó parar. Lansky y los suyos recogieron sus bártulos y se volvieron a su territorio continental, donde habían quedado como amos absolutos, concentrándose sobre todo en Las Vegas. Algunos de sus servidores y colaboradores habaneros que lo tenían más difícil para desmontar su vida y sus negocios, esperando que aquella revolución (como tantas anteriores) pronto se adocenara, engullida por la inercia de la vida y el carácter cubanos, se quedaron y lo perdieron todo. Fue el caso de Don Vicente Mansilla, a quien el Gobierno revolucionario le incautó su palacete de Holguín, la casa de El Vedado, los almacenes y oficinas de La Habana, las explotaciones ganaderas de Camagüey, los ingenios azucareros de Holguín y Bayamo, sus depósitos bancarios y sus participaciones societarias. Totalmente arruinado e inhabilitado para ejercer la abogacía, se postraría en el mutismo total de una enfermedad mental, que en dos años acabaría con su vida.
Como otras tantas familias de la burguesía cubana, los Mansilla Jubet acabaron también por marcharse. Recalaron primero en Miami, donde al año fallecería la madre. Algunos de los hermanos pasarían a formar parte de los círculos anticastristas de aquella ciudad, pero después del fracaso de la invasión de Playa Girón (donde falleció el tercero de los hermanos Mansilla) Ubaldito viendo que aquello iba para rato, no se sentó a esperar y tomó otro camino. Aprovechando que mantenía la nacionalidad española (su padre, previsor, le había inscrito cuando nació como al resto de sus hijos, en el Consulado de España) abandonó Miami y se fue a la madre patria a rehacer su vida. Se instaló en Madrid y con esfuerzo y paciencia, homologó su título y entró a trabajar, para un abogado que formaba parte de la junta directiva nacional, de La Asociación de Hermandad Hispano Cubana, organización estrechamente relacionada con los grupos más ultras y anticomunistas de Miami. El rencor incubado contra el nuevo régimen por el atropello que había sufrido su familia, lo canalizó colaborando en la Asociación, pasando a ser un habitual en los círculos anticastristas de Madrid. En un acto político “cultural” de la Asociación, conoció a una jovencita pija, nieta de una familia asturiana – cubana, propietarios de los grandes almacenes de tejidos La Asturiana de Cienfuegos (en alguna ocasión habían tenido relaciones económico -jurídicamente por su padre) que, habiéndolo perdido todo con la Revolución retornaron como él a Madrid. Al poco de conocerse se casaron, trasladando su residencia a la calle Velázquez, donde Don Ubaldo abrió su bufete de abogado en un estupendo piso, se apuntó al Partido Popular, e inició con éxito su carrera jurídica y política. Ultimamente se habla de él como posible subsecretario del Ministerio de Justicia, en el Gobierno del partido conservador.
Alberto López
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