La paz se exilia tras el asesinato de sus compañeros, de sus familiares. Antes del exterminio de su partido, los descalzos de la tierra la habían elegido [10]. Hubo un instante de esperanza en el sistema de urnas; pero rápidamente las fieras del poder eliminaron la posibilidad de cambio. La paz exiliada siente lacerantes punzadas de hielo en los inviernos nórdicos y en los abismos del desarraigo. Nostalgias anudan su pecho, canciones y sabores pueblan su mirada perdida. La biometría de su alma presenta, ante los mostradores del control de identidad, la lágrima de los que sufren ver a su pueblo humillado en eternas masacres y saqueos. Pero no se resigna a este exilio, y sigue trabajando por su pueblo. La paz periodista construye dignidad a miles de kilómetros de distancia física, y a escasos milímetros en distancia empática de su terruño natal. Deviene un humano universal, con cariño fiel a sus primeros años.
Azalea Robles
Publicado en la revista Movimiento Intenacional de Escritoras
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