El repartidor detuvo su moto junto al portón oxidado y sin mirar a la casa número 17, corrió con el
paquete bajo de la chaqueta hacia el porche de la casa, intentando protegerse de la lluvia. Corrió cruzando el jardín delantero, que antaño fuera verde y colorido, de colores vivos, ni siquiera vio las
hierbas salvajes, la fuente rota, los juguetes sucios y viejos perdidos entre los rosales. Cabizbajo, con un
gorro hacia delante para abrigarse del aire, no se dio cuenta que faltaba pintura en las tablas de madera que hace algún tiempo fueron blancas, ni que los cristales de las ventanas estaban rotos, ni tampoco que las cortinas grises y destrozadas aleteaban en el aire.
Llamó al timbre, ignorando que no funcionaba. Con los auriculares en los oídos y la música alta, no
escuchó que desde dentro pedían socorro, ni notó el aire bochornoso, ni el fuerte golpe que hizo que la voz desfalleciera. No aguardó más.
Dejó el paquete en el felpudo, lleno de manchas marrones y se fue. No vio, los ojos enloquecidos que
miraban por la mirilla, mientras corría hacia la moto, para salir pitando. Tampoco vió el brazo delgado, sucio de sangre seca, que se entremezclaba con en el pelo y en las uñas y que surgió desde la puerta,
recogiendo el paquete.
Nadie supo que la casa número 17 de cualquier ciudad, están abandonadas, pero de vez en cuando,
reciben paquetes.
Marcelina Leandro (Portugal)
Publicado en la revista digital Minatura 123
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