Cuando tenía doce años, luego de todos
los preparativos para el viaje de egresados,
partimos un diez de enero. El colectivo
arrancó a las veintitrés. Las expectativas
estaban puestas en un solo destino:
Buenos Aires. Todo transcurría entre, cánticos,
juegos, chistes y risas durante la mayor
parte del tiempo que duraba el viaje
en el Flecha Bus.
Llegó la noche. Todos dormían, mis compañeros,
los papás de algunos de ellos y
hasta los maestros, pero yo no quería despegar
mis ojos de la ventanilla. De pronto,
el colectivo se detuvo. Entonces me
acomodé para mirar mejor, y observé al
chofer que descendió. Unos metros más
allá, detrás de un árbol, una persona, un
ser de pequeña estatura y de cabello largo
se asomaba para mirarlo. El misterioso ser
abandonó su escondite y lentamente se
quiso acercar al chofer. Él, al sentir algo,
se dio vuelta, encendió su linterna y se dirigió
al arbusto. Cuando estaba llegando a
él, soltó la linterna, corrió hacia el colectivo
e intentó arrancar el motor desesperado.
El ser extraño corrió hacia la puerta y
entonces unos golpes al colectivo comenzaron
a escucharse. Los golpes no cesaron
hasta que el chofer al fin pudo arrancar.
A pesar de todo
este ruido todos seguían durmiendo.
Cuando el colectivo comenzó su
marcha vi por la ventanilla a esa figura
volver hacia los arbustos, tomar la linterna
encendida que el chofer había dejado
caer y apagarla. Después la oscuridad
misma de la noche...
Relato de
Romina Cuiza, 13 años, alumna
Recopilador del relato: Romina Cruz
Publicado en la revista Pregón
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