miércoles, 19 de diciembre de 2012

CONIL VISTO POR ROMERO MURUBE EN 1959 (4)


Habrá en la novela de Conil un intelectual: el secretario del Juzgado. Hombre sabio, tímido y descuidado de bar­bas y de frases. La durísima política lugareña de aquellos tiempos le motivó un roce tan enconado con la directiva del partido conservador, que se encerró en su casa y allí pasó media vida sin ver ni ser visto por nadie. Se convirtió en fantasma.
Y la gente de mar: la jábega, «el arte», el duro esfuerzo peligrosísimo de la pesca de altura en barquillas frágiles y volanderas.
En alguna publicación inglesa leímos una vez que las playas de Conil -«Las playas de Hércules», como decía prosopopéyicamente el secretario invisible- eran las de arenas más finas y blancas entre todas las de Europa... Y esto ocurre por mor de los levantes. En la bocacha del Estrecho sopla el viento duro de tierra con tal poderío, que el enorme arenal playero -desde el Cabo Roche al de Trafalgar-, varía de orografía constantemente. La leve arqui­tectura de un caracol, o un conglomerado de conchillas enredadas en las púas de alguna seca estrella de mar, son apeos suficientes para levantar enormes cerros de arena, alisados por el viento, como las dunas africanas. El río Sa­lado que por allí desagua, varía de embocadura en cada levantazo.

Publicado en el blog José Velarde Yusti

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