martes, 19 de abril de 2016

PERDEDOR


3, 3.2, .3, …, .5, …, 4 millones. La cifra sigue sumando, el tiempo se agota, en menos de cinco minutos la tensión será rota por la deflagración. Jugadores registrados, participantes y simples
curiosos sostienen la mirada fija en el portal de apuestas. Al grito de adelante, cada uno jalea a su elegido para que termine todo. Sedientos de sangre aguardan poder ser los ganadores. Las reglas mantienen la web viva, las ganancias son fijas, negocio seguro. He apostado al perdedor, mi perdedor no el de otro, en este juego solo uno entre todos pierde. Llevo cinco noches en vela aguardando, no creo que sea menos tenso para el participante. Giran los tambores a la voz de ya, quedan menos de dos minutos. Ellos observan el arma y ceden su mirada a la pantalla que les muestra a la vez su rostro y el de todos.
Las apuestas siguen subiendo. Seis son los participantes, algunos cientos, que no sean miles, los apostantes. El cronómetro corre en retroceso. Menos de un minuto y todo habrá terminado.
Quería permanecer atento a mi elegido, pero es imposible. Cuatro hombres y dos mujeres, uno de ellos apenas un muchacho que sonríe desvergonzado hacia webcam; me ha parecido ver una lágrima en el mío, me asombra la frialdad del resto. ¿Qué vida se oculta tras ellos? Los imaginado con sus
esposas, quizá con hijos que esperan la llegada que puede no producirse nunca.
La gente es rara y la desesperación nos empuja a la locura. Al menos, mi vida no  es tan extraña, morbosa sí, pero no desesperada. Ya ponen el dedo en el gatillo. Treinta segundos no más. Me
explicaron que en, aproximadamente, una de cada trece pruebas se sucede más de un disparo. Entonces, en lugar de dividirse los beneficios, el portal dobla las ganancias. La audiencia manda. Diez segundos y todo habrá terminado. Ya me veo recogiendo el premio… ¡Bang!
Cinco de las seis pantallas quedan en negro, la única encendida con un letrero parpadeante con el término Loser en rojo, muestra salpicaduras. Mi cabrón salvó la vida, sólo espero volver a
encontrármelo y que esa vez, sí, esa vez, muerda el polvo.

Carmen Rosa Signes Urrea (España)
Publicado en la revista digital Minatura 148

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