En la sala del Palacio, un caso se ventilaba
y apareció custodiado, atravesando el pasillo,
lo sentaron en la silla, inocencia transpiraba
y seguro prometió… protegerse el apellido.
El fiscal acusador, le pregunta al indiciado,
¿Dónde estuvo esa mañana, de sofocante calor,
en la casa de mi amada, en la casa de mi flor
adorándole con besos, entregándole mi amor.
¿Cómo puede demostrar, que lo que dice es cierto
con aires de suficiencia, pregunta el inquisidor.
y el indiciado lo mira, con desdén y con rubor
y se llena de paciencia en medio, del desconcierto.
Que para donde se fue después del amanecer,
esa respuesta fiscal… no se la puedo dar yo ,
lo cierto es que yo la ame, aunque no lo crea usted,
y no tengo yo motivos de hacerla desaparecer.
No entiendo de su merced, su postura y argumento,
si le digo que le ame y su ausencia es un tormento…
Un silencio abrumador, invade luego el Palacio
y aparece una mujer, hermosa, como de cuento.
Camina por el pasillo, se dirige al indiciado,
perdona mi amor le dice, lo que mi acción ha causado,
y lo besa apasionado, ante la juez y el jurado.
Y se escucha de la Juez… ¡Este juicio ha terminado!
DARWIN I. FLORES VARELA
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