Mi diosa y amada luna
herencia en mi poesía,
y me embrujas cada verso
hechizándome la rima.
Tú, que la noche domas
llenándola con las tintas
del velo adul de luceros
que en el cielo se infinitan,
y me alejas, de las penas.
Argénteas son tus liras
la penumbra reversible
y jamás quedas sumisa
a la nube más oscura,
la que lleva el alma mía
recordando la quimera
al ver cuando ella se iba
bajo el palio de un crisol
que estalló en la sordina.
Tú, que eres diosa nocturna,
haz que regrese mi vida;
dile, que otra vez me quiera
que me calme la agonía.
Patricio Gonzaga
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