Te pensé
y exististe.
Y como quise fuiste
perfecto,
amplio,
pleno.
Y lo supiste
y aceptaste
brillar
—como la luna—
con luz ajena.
Y fuiste mi reflejo,
y mi deseo fuiste
y mi espejo.
Hasta que al fin
un día
me olvidé de pensarte
y desapareciste.
Eso es todo.
Del libro La alondra herida de
Carmen Soler -Paraguay-
Publicado en la revista Y
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