lunes, 8 de septiembre de 2014

DE NUEVO USTED SEÑORA


De sus orillas, doña Celeste,
yo me agobio y me redimo,
las que usted manchó de noches y alboradas...

Ay señora!
Usted que sabe de distancias
déjeme una huella en su camino,
 o una brisa de su vuelo,
déjeme un suspiro aromado de gardenias
o de agua dulce del vino de la copa
de sus labios...
Déjeme la lluvia de su aliento
del éter y la sal de sus poros de mar y de celajes...

No la distraigo, señora, ¿dígame si lo hago
con mis sueños?
Cuando la tuve,
y me doblega la memoria,
cuando su último suspiro se me pega,
se me enhebra en los oídos o o en mi boca
como simiente de miel,
como agua ardiente lacerando mi pecho,
como suspiro
ahogado en mi cansancio...

Dígame usted, doña Celeste,
¿porqué su nombre y el azul de su mirada,
tan tibia y tan serena?...
Porqué dejaron esa huella indeleble de tristeza
en mis pupilas y en la sombra de cada noche
de resquicios del amor y la pasión devota de sus besos?

La amé una vez en el verano, y usted
bien lo recuerda porque en cada calor de mis memorias
usted también me sueña y mi dolor se endulza
en las noches de mis sueños de bohemias aventuras,
de su amor usted  me duele...

De sus orillas, señora, yo me quemo, porque
siendo usted ajena y su fuego me consume,
yo estaré como medusa en la distancia
acariciando su piel en mi recuerdo...

Ricardo Flores Joya -El Salvador-

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