La luz restalla entre las cejas,
los oídos abiertos trastabillan,
los labios insisten en su cadencia,
disconformes,
la boca como pidiendo limosna agota sus límites,
las cejas como un sexo recóndito,
los hombros se alejan livianos.
El asombro busca pistas falsas
entre los huecos semioscuros
de las ocasiones que rebosan
como estalactitas de barro.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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