(Poema para niños)
Y cuando entré por la puerta y vi la nevera abierta,
nada quedaba en su sitio, era una desolación.
Todo estaba situado lejos de su ubicación.
Parecía como un robo de un banco de Nueva York.
Con las paredes manchadas, había cosas por el suelo
por encima de la mesa y debajo del sillón.
Servilletas y cubiertos mezclados con los fideos
y botes de mermelada rellenitos con arroz.
Tal vez una mano negra vino a buscar un tesoro
y se marchó sin hallarlo con un inmenso cabreo,
dejando todo revuelto en medio de un caos atroz,
movido y desordenado todo lo que allí encontró.
Deshaciendo la madeja por saber qué habría pasado
busqué todo lo que había y encontré una explicación:
quizá era un sibarita, pero había sido un ladrón
y solo se había llevado todo lo de la nevera,
la comida, las cervezas y casi medio jamón.
Menos mal que a mi gatito no le había pasado nada
pues le encontré quietecito sobre su saco de pienso
aunque no se le veía porque estuvo agazapado
detrás del aquel sillón grande escondido en un rincón.
Él fue el héroe de la casa y de allí no se movió
el enemigo, temía que el felino le atacara
defendiendo su comida como una fiera feroz.
Y que todo el caos que había seguramente ocurría
cuando el ladrón vio las uñas de las zarpas de mi gato
tomó las de Villadiego y cagado de miedo huyó,
dejando todos los trastos en medio del comedor.
Quise agradecerle al gato su esfuerzo contra el ladrón
y una sonrisa de triunfo brillaba entre sus bigotes
cuando le decía lindezas y ya se sentía halagado
al cogerle para darle un beso y un apretón.
Antonio Jurado (España)
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