Más que miedo o alegría
que desprecio o compasión,
lo que purga el corazón
no la ha de revelar el día.
Un actuar que ya existía
desde el Génesis narrado,
sentimiento condenado
que entorpece nuestros pasos,
hace de la lengua un lazo
y retroceder lo andado.
Con el afán de nombrarle
le hemos pintado de verde,
nos esforzamos por verle
y tratamos de apartarle
para en seguida mandarle
a cualquier otro lugar.
No fuera que por dejar
un espacio que le anime
ya todo lo contamine
la Envidia triste y vulgar.
Muy falso resultaría
quien diga “no la ha sufrido”
ya despierto o ya dormido
en alguno de sus días
a punta de su porfía.
Convencida, lo despierto:
Abra los ojos (advierto)
y mírese para adentro
hasta que encuentre su centro
y no malverse lo CIERTO.
De ella, ninguno salva
ni hombre, mujer o niño,
ni el mismísimo cariño
de la enfermedad resguarda.
Menuda la zalagarda
que a su arribo va creando
malicias que va sembrando
con antojo veleidoso.
De verde tono envidioso
a todos nos va manchando.
Visto así nos pareciera
que es mejor el campo ajeno
más ancho, fértil y bueno
que el que la vida nos diera.
Ilusión no verdadera
que marea los sentidos
deja nuestro orgullo herido
y en el corazón, enojo,
venganza de “ojo por ojo”
incluso al que no ha pedido.
Amanda Espejo
Publicado en el blog sobrevuelosycaidas
No hay comentarios:
Publicar un comentario