sábado, 16 de febrero de 2013

DIFERENTE Y LO MISMO


Llegaste. Y eras lluvia
mansa, fugaz sobre el sendero limpio,
que apenas deja huella
tras su paso dormido.
Parecías flotante
sobre tus pies con alas de suspiro.
No llamaste a la puerta,
te adentraste, sin más, como los niños,
que hacen su propio hogar de cada casa,
sin requerir permiso.
Sólo hablabas sonrisas,
y eras toda de luz, y de latidos.

Llamaba el sol de mayo a la ventana,
pidiendo entrar también, mas los visillos
mantenían la guardia, insobornables.
Todo tan en silencio, tan furtivo.

Sin intercambio de sedosos términos,
superfluos en tal hora, comprendimos,
sin más, cada mensaje inexpresado
pulsando al fondo de cada uno mismo.
De libro abierto para mí, accesible,
te habías definido;
y pasé cada página, leyéndote,
de la emotividad hasta el instinto.
Diez ojos en las puntas de mis dedos
rastrearon tu piel, susurro y grito,
y aprendí tanto nuevo de tu vida
que juzgué nunca haberte conocido.
Mas tal es la sorpresa inevitable
de releer una vez más el libro;
se descubren facetas, o matices,
subyacentes a anécdotas y estilo.
Nadie es inalterable, o permanente,
en su propio carácter; subsistimos
porque evolucionamos;
no somos hoy los que hemos ayer sido.

Ayer, tú, tan hermosa;
hoy, tan hermosa tú, mas no lo mismo.
Te redescubro nueva cada día,
y nueva eres, en parte, en lo más íntimo.
Oh, maravilla de saberte inédita
cada vez que te miro.

Ven, mujer, preexistente y novedosa,
virgen y experta, acuéstate conmigo,
que también, como tú, soy diferente
de ayer, de siempre, pero no distinto.

FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-

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