A la sombra de mis suburbios,
la infancia crujiendo
como una apisonadora sin cabeza.
Cuántas veces escuché gotear
los dedos de la heroína,
en las venas de la sed.
Los ojos en blanco,
sin placer ni éxtasis,
desquicio caballos de trapo.
Como un escritor borracho
excreto mis conjuros
a vaso lento.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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