Me lo dicen los profes, mis jefes y mis compas: impuntual. No lo entienden. Para mí, la hora de llegar es la hora de salir. Cada mañana, después de cuatro alarmas, que con el placer de la culpa apaciguo y la ilusión de dormir un poco más extingo, me rebelo a la impaciencia. Cuando reacciono, sentado con tremendos rebotes de pulso acelerado por mi cuello, confirmo lo que siempre sé: “Ya es muy tarde”. Pero no me rindo, un cotidiano aliento de euforia al límite me envuelve. Brinco de la cama, me angustio, me desnudo y entro al baño; elijo la temperatura; el chorro cae tibio y después caliente, el vapor lame mi cara. El agua moja mi cabello y mis párpados caídos, mi cuerpo se aletarga, y el trance de la relajación apaga mis sentidos, me adormilo y enlentezco. Súbitamente recobro la angustia y la conciencia, termino el sueño bípedo de forma tempestiva, me termino de bañar con movimientos ultrarrápidos. Ya no me rasuro, soy optimista ante el espejo. El tiempo en mi cabeza es complaciente, se detiene para mí; no es tan implacable. Me peino y no miro el reloj.
Enseguida se presenta la crónica búsqueda de qué vestir, que pronto resuelvo con lo único que tengo. Ahora sí, veo el reloj y corro, me agito, me angustio, me enojo. Sin desayunar, salgo de mi puerta 10 minutos antes de la hora a la que el tren se para en la estación. Son seis cuadras, “sí llego”. Camino rápido, cruzo, me atravieso, corro nuevamente, rebaso, brinco, llego. Me siento vivo.
Llego a la escuela, un poco a tiempo, un poco tarde, hubo otros peores. Siempre se puede, no es tema de orden, ni de disciplina, la puntualidad es cuestión de optimismo y esperanza al límite. Por la noche nuevamente activaré mis cuatro alarmas.
RUBÉN CARDENAL MORÓN
Publicado en Ágora
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