Desde una nube celestial,
mi funeral quisiera presenciar.
Mirar la cara del quien me llora sinceramente,
aunque mi amigo no fue;
así como la del enemigo
al que mi deceso le causé arrepentimiento
por haberme odiado tanto, aún sin quererlo.
La hipocresía es la única que quisiera
que a mi entierro no asistiera.
Vestirse de negro no le haría falta;
su cinismo opacaría su falda,
su presencia inquietaría mi alma,
sus vanas palabras y sus frases baratas
que emanen de su boca,
retorcerían la paz de mi última morada.
Será doloroso quizás,
presenciar mi despedida física del planeta tierra.
Sin embargo, será gratificante escuchar
el murmullo de aquel
que en verdad afecto me tuvo,
al decir lo bueno que yo haya hecho por él.
Infinitas obras buenas en mi actual existencia quiero hacer;
cosas que en mi mente, ya para ese entonces, estarán en el olvido,
pero no en la memoria de quienes en el sendero
haya servido.
Será satisfactorio ver que mi misión en este Universo
fue exitosa, como bondadosa.
Dichoso mi corazón se sentirá
al comprobar que el amor y la adrenalina
que a mis letras inyecté,
llegaron a trascender fronteras,
como a cambiar vidas enteras.
Ese día, sin duda finalmente lo divisaré.
Mi mejor huella quisiera dejar en forma de legado
para ser inmortal a través de la historia;
no sólo de la poesía
sino de alguna locura que escriba,
que pudiera hacerles reflexionar
o sacar una sonrisa, en su momento.
Desde el infinito agradecería
que se me recordase tal y como en vida fui:
sin tantas flores que adornen mi nombre.
Ser un difunto poco común preferiría;
lo que de mí se diga sea tan real
como la cruz que adorne mi tumba.
Por último,
quisiera que no se dejaran de leer mis escritos
y se recordasen mis errores de principiante,
para así motivar a quien escribir decida.
No se pueden olvidar que fui guerrera de la vida
y que una de mis tantas batallas
fue la que me llevo a ser “La Dama de la Poesía”…
Ingrid Carolina Amaya -Estados Unidos-
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