Amé la frontera, ansíe sus misterios,
lloré amaneceres imposibles,
recé temblando a un dios disperso.
Sobresalía en mi la discordancia,
la bruma, el sucio cobertizo
de la luna en su destierro.
Busqué la esencia de la piedra,
el poder del mármol, su quietud
de lapidas en silencio.
Jamás un ápice de luz,
He bailado con ninfas bastardas
en lupanares abyectos.
Sacos de sangre helada
transportan sucios camiones,
flota absurda...¡cemento negro!.
En una iglesia sumergida
anida una gaviota estéril,
su mar es el pantano,
el valle sumergido,
cementerio profundo,
pudridero cercano,
Amé la huida en la tarde
de los tristes guerreros,
Paco José González
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