sábado, 7 de febrero de 2015

A USTED, SEÑORA


De su lienzo moreno
yo copié la ternura de la tierra,
la calidez del pincel
que mis manos esgrimía
se hizo limo de epidermis,
nutrido y blando
del color de la pasión
de sus labios encendidos...
                                                                                                                                         
Yo la esperé, Señora,
hasta que el agobio de la sangre
se hizo piel en el hueso de mi dermis
y el temor dijo:
¡Basta!
y rompí las cadenas del dolor
que corrompió
el brillo del sendero con la luz de su mirada.

Pero fue sinuosa la senda
de mi soledad y no fue suficiente
su mirada,
y me perdí en los escombros
del sueño del delirio
donde el fantasma de su lánguida mirada,
que no supe mirar,
me envolvió
del profundo ocaso de sus ojos negros...

Ahora que ha vuelto, Señora,
de sus orillas me doblega
la cadencia que modela los vientos
de la tarde,
del vaivén de sus caderas que la lluvia lame
de cada amanecer
de primavera tropical...

Y de sus ojos, Señora, cada tarde,
de crepúsculos ¡yo muero!
Dígame, de qué misterio el aroma de su piel
me envuelve de tan lejano olvido?...
De sus manos que aún cuecen el calor,
ardiendo,
aquí en mi pecho, de la fiebre de una noche,
¿porqué nada queda y duele tanto?

¡Ay! qué desencanto,
Señora de mis mocedades,
de los páramos azules de tristeza,
ahora me desvisto,
y que su desnudez austral me envuelva
para morir en las orillas,
del ocaso de sus grandes ojos negros...

Ricardo Flores Joya -El Salvador-

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