Esa luz no la encendí yo.
Alguien entró antes en la habitación
pero cuando yo llegué
ya se había ido dejando
la luz encendida.
Miré en el armario
faltaban su chaquetón rojo
y sus zapatos negros
aquellos que le regalé
su último cumpleaños.
Había sido ella quien estuvo
en la habitación y quien dejó
la luz encendida como siempre
porque nunca se acordaba
de apagarla cuando se iba.
Sin embargo no olía a su perfume.
Eso me extrañó porque nunca salía
sin ponerse unas gotas de él.
Para ella era una prenda más
de su indumentaria habitual.
¿Por qué no se puso su perfume?
¿Mandó a algún amigo a recoger
sus zapatos y su abrigo?
¿Acaso ahora usa un nuevo perfume
que yo no logro identificar?
Estuve tentado de llamarla al móvil
para que resuelva mis dudas
pero no creo que atienda mi llamada.
porque últimamente se niega
a mantener una charla conmigo.
Apagué la luz. Abandoné la habitación.
Me asomé a la ventana del salón.
Llovía. Salí a la calle. Caminé
bajo la lluvia sin importarme
que el agua me mojase la ropa.
Necesitaba sentir el agua
recorrer mi cuerpo para purificarme,
para superar un mal momento
que me atenazaba el pensamiento,
que me quemaba por dentro.
Empapado regresé a casa.
La luz de la habitación estaba
encendida y yo la había apagado.
¿Quién la había encendido?
Ella, no. No olía a su perfume.
JOSÉ LUIS RUBIO
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