Subimos por rutas escarpadas y casi inaccesible
cantando viejas canciones ya casi olvidadas de la niñez;
súbitos y escondidos recodos nos acercan a la cima
donde el "Algarin" casi se confunde con el azul del cielo.
Algunas cornejas yacen muertas
y las flores de las aulagas y la manzanilla;
son una constelación en la quietud del atardecer,
raíces cabeciformes son cabezas de mandrágora o, cebolletas.
Cabecitas de animales del bosque decapitadas
por cazadores desaprensivos o aburridos;
con los signos del terror en su rictus mortis
el río Guadalete desde aquí semeja el lomo de un relámpago.
Una horda de cabras montesas
podemos divisar en cualquier momento;
mientras que las chovas y el buitre leonado
planean a sus anchas entre la cima y el cielo.
Desde esta atalaya se descubre que el Charcon
es una interzona de realidad con su dolmen;
por la que es inevitable pasar
para que el ojo goce y se rebase así mismo....
Para entender los grandes esfuerzos del sol
en su cópula con la tierra.. los abuelos del neolítico
se vinieron a vivir a esta peña
habitando chozas y cavernas...
Rafael Chacón Martel.
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