Ojos de terciopelo azur,
auroras sagitarias
que salen a propiedad de luz
de su ser orbitado.
Su voz deja
al ritmo cadencia apacible.
Su risa madura
de piña y plusvalía.
Es entonces la grama
y el labio sistólico
que llama con golpe de martillo preciso,
sus palabras como hojas
y paredes dictatorías
que horizontan al numen percibido.
Queda así
el espacio del tiempo tañido
y bermejo por sus labios.
Vertebrados poetas
de sueños transcurridos,
arboles sin memoria,
voz de vida,
es el presentir que sale desde adentro,
tácito y vivo.
Es el ciempiés de lo insondable
que ha hecho habita al tiempo.
Mientras tu América,
cantas al porvenir relámpagos de reforma
y tocas al aire
los ecos del inminente catastrado.
Todo tu chile augusto y desmedido,
alimentado por los caballos
desbocados de tu voz.
Hemos tenido la dicha
de tu fragua asistente.
Polvo de guijarros ciegos
y horizontes en agonía
se han destorcido
en el ámbar de tu voz.
Queda en cada esgrima
el neón
y el terciopelo santísimo de vértigo
y el veneno de la palabra, rebelde y hermosísima.
Queda la sed río arriba
en lo afectuoso.
Las afueras del sí, con paraguas
y paradigmas aledaños,
una margen señorial
y una alacena de aplausos.
Belén Aguilar Salas -Costa Rica-
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