Allí donde el bosque se hace negro
ahogó una voz que sobrevive.
Tendrá que hundirla esta vez en las cenizas
–que todo lo pueden suavizar–,
sacrificarla como a un animal querido que no tuvo
y llegar a creer que es preferible así.
Esta pobreza, esta opacidad, se ha desprendido de los resentimientos
y agradece cada gota de sol que destila el invierno lentísimo,
porque hasta el lamento le han quitado y es casi feliz.
Con los ojos mecidos por la sombra de las ramas,
va siguiendo entre sueños la danza del deseo.
Isabel Llorca Bosco -Argentina-
Publicado en la revista Con voz propia 52
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