¿No será un sueño más?
Pero no era un sueño.
Había robado un caballo.
Risa de oro abierta y loca,
clava sin miedo la espuela
como si escociera el alma.
¿Puede alguien ser tan ruin
para elogiar lo que más desprecia?
Errores donde cabe la ira y el regocijo.
Hurto por la vida.
Atravesaba la arboleda
cuando echó pie a tierra.
Se quedó trabado en el estribo,
dio un paso en falso
y cayó al suelo.
Gimió como mujer
cogiéndose el pie con las manos.
Olor a humaredas de muerte.
Sigilosa amada del viento,
con pigmentos grises que se elevaban.
Habían quemado las cosechas,
incendiado el pueblo,
incluso la Iglesia llena de obreros
y campesinos desarmados.
¿Quién podría acusarle de robar el caballo?
Te ataré las muñecas
con mentiras de fuego.
Con dolor servirás
al poder del dinero.
Entre las calles y con el puño alzado,
caían los unos, caían los otros.
La revolución había estallado.
Holocausto que veía horrorizado,
impotente, oculto entre la maleza
del bosque en la montaña.
¿Quién podría criticar su huida?
Los muertos no hablan.
El Poder buscaba otra fuente
donde alimentarse.
Hemos dormido todos,
todos… demasiado tiempo.
Y Dios en lo alto miraba,
con esa risa que despertaba.
¡Oh, tiempos amargos!
País desmembrado.
Y la risa volvía
como siglos antaño sucediera
y rodaran las cabezas.
Risa infinita de un Dios
que nos creara.
¿Por qué su ayuda
mandara a fuerza
de sangre y matanza?
Ana María Lorenzo.
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