miércoles, 20 de junio de 2012

VENDEDORA


El puesto.
 Mucho sol
y la vendedora a la sombra
de la mulemba.

—¡Naranja, señora mía,
naranjita buena!

La luz juega en la ciudad
su juego caliente
de claros y oscuros,
y la vida juega
en corazones afligidos
el juego de la cabra ciega.

La vendedora
que vende fruta
se vende.

—¡Naranja, señora mía,
naranjita buena!

Compra naranjas dulces,
cómprame también el amargo
de esta tortura
de la vida sin vida.

Cómprame la infancia de espíritu,
este botón de rosa
que no abrió,
principio empujado aún para un inicio.

—¡Naranja, señora mía!

Se agotaron las sonrisas
con que lloraba.
Yo ya no lloro.

Y ahí van sus esperanzas
como fue la sangre de mi hijos,
amasada en el polvo de las calles,
enterrada en las rocas,
y mi sudor
empapado en los hilos de algodón
que me cubren.

Como esfuerzo fue ofrecido
a la seguridad de las máquinas,
a la belleza de las calles asfaltadas,
a los edificios de varios pisos,
a la comodidad de los señores ricos,
a la alegría dispersa por ciudades,
y yo
me fui confundiendo
con los propios problemas de la existencia.

Ahí van las naranjas,
como yo me ofrecía al alcohol
para anestesiarme
y me entregué a las religiones
para insensibilizarme
y me aturdí para vivir.

Todo lo tengo dado.

Agostinho Neto (1922 - 1979) Angola
Publicado en la revista La Urraka 29 

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