¡Cuánta saudade!
En aquel tiempo soñábamos con la idea gitana de que éramos polvo de estrellas. Ahora su presencia es constante, permanente, Ineludible.
No teníamos manera de sospechar que el fin estaba tan cerca y que además pasaría tan sonsamente, sin resistencia. Solo con la aparición de aquella caja oblonga de bronce centenario.
Una tarde cualquiera, simplemente apareció en medio de la carretera principal de nuestro pueblo. Pronto unos hombres se acercaron y de súbito cayeron al piso, una mujer que se precipitó a ver que les había pasado, también cayó. La inexplicable muerte súbita también le sobrevino al cura, que intentó acercarse protegido con agua bendita; a una periodista intrépida y por último a unos científicos protegidos con aparatosos trajes anti-radiactivos. Enseguida comprendimos que la caja era fatal.
Luego de ineficaces rezos e inútiles plegarias, los pocos habitantes que quedaban en el pueblo dispusieron su huida ante la inminente hecatombe. Pero una chiquilla tranquila y silenciosa, se acercó y ante la mirada atónita de todos, tomó la caja apoyándola sobre su pecho; ésta se fue reduciendo hasta quedar entre sus manos. Cuando la abrió, comenzó a brotar mansamente un rosario de colores: dorado, verde, rosa, violeta… hasta llegar a un blanco cegador, que nos fue atrapando sin violencia y nos condujo hasta aquí, a este espacio sin tiempo, entre las estrellas y sus constelaciones, donde no nos vemos, donde solo flotamos a merced de la ingravidez. Y si es que aún no hemos muerto, lo que queda de nosotros es una simple proyección que seguirá viajando hacia el vacío insondable. Un destino que no podremos eludir.
Lauristely Peña Solano (República Dominicana)
Publicado en la revista Minatura 119
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