(I)
Ven a mi hierro, que por ti se ablanda,
a golpes moldeado, bajo el fuego.
A tus curvas me adapto, a ti me apego,
mi voz, requerimiento, no demanda.
Cuanto más en mi espíritu se agranda
la sed de ti, mayor es mi despego
de los demás metales. Mi sosiego
radica en ti, entre sábanas de holanda.
Tan ostentoso el oro en su indiscreta
brillantez, y la plata tan coqueta,
en ansiedad de halago y devaneo.
Yo te ofrezco firmeza y energía,
hermanas de la llama que envolvía
mi forma tiempo atrás. Y mi deseo.
(II)
Son mis brazos parábola flotante,
cóncava súplica entre cielo y tierra
a la diosa Afrodita, cuya guerra
une y opone amante frente amante.
Te colgarás de mí, beligerante
mujer de sangre lúbrica, que encierra
en su entraña las fuerzas de la tierra,
sabiendo liberarlas al instante.
Madre de terremotos, que sacudes
mis íntimos pilares, tus virtudes
son mis vicios de pétalos vestidos.
Tiene mi abrazo solidez de hierro,
y cuando en él hermético te encierro,
se me desatan ímpetus prohibidos.
(III)
En torno al cuello, subyugado, llevo
la argolla que a tu vida me eslabona.
En tal gozo, ni a ruego ni a intentona
de libertad o rebelión me atrevo.
Es blando el hierro, si por él me elevo
hacia la desnudez de la persona
que seduce, desborda y convulsiona,
reconstruyéndome como hombre nuevo.
Y hombre nuevo me siento, cimbreante
sobre mi tronco de álamo gigante
cuyos cien brazos hacia ti se tienden.
Hombre nuevo, con viejas osadías,
ávido de colmar las fantasías
que mi calor y tu humedad encienden.
(IV)
El son de la cadena es voz que gime,
pero es la mía manantial que canta;
su corriente de gozo se agiganta
desde lo jubiloso a lo sublime.
Dentro de mí no es puño que me oprime,
ni restricción que dignidad no aguanta;
es fuerza que mi espíritu levanta,
y es estandarte que mi brazo esgrime.
Tengo la opción de huir, mas la desecho.
No por mérito, hombría ni derecho,
mas por la gloria de quedar contigo.
Trazos de libertad tus ligaduras,
sobre mi piel tus ansias apresuras,
y sobre ti mi plenitud prodigo.
(V)
Si en libertad me dejas, ¿dónde iría?
Ya no hay polvo en mis pies de los lugares
que frecuenté otro tiempo, ni en sus bares
sirven el mismo vino que bebía.
La música es distinta. Todavía
se ven algunos rostros familiares,
pero ya envejecidos. Los bazares
cerrados ya, la plaza está vacía.
El mundo en que viví no es sino sombra
de lo que fue; ya nadie evoca o nombra
al fantasma que soy, si ahora regreso.
Estréchame en tu círculo de brazos,
que se me caen los años a pedazos,
y sólo me ha de restaurar tu beso.
(VI)
Si te hicieras de hierro, que no sea
de verja de jardín que obsta y separa,
mas del metal que el forjador prepara
y a fuego y martillazos se moldea.
Hágate firme rueda de polea,
que al izarme a tu altura, vinculara
tu chirrido a mi queja, y mitigara
el dolor que al perderte me golpea.
Hágate daga que al abrirme el pecho
revele un corazón siempre al acecho
del retorno que nunca ha de llegar.
Hágate, en fin, errática veleta,
dócil a cualquier viento en la meseta,
sorda a mis versos, incapaz de amar.
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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Hace 1 día

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