(En el cielo no en la Tierra)
La sobrepoblación del planeta estaba forzando a los ciudadanos a tomar decisiones drásticas. Tener una parcela en un cementerio tradicional no era una opción desde hacía un par de décadas. Durante un tiempo la gente se resistió a desprenderse de los restos de sus seres queridos y acondicionaron tumbas improvisadas en sus propios jardines, pero las enfermedades emergieron rápidamente ya que los inexpertos enterradores con sus insalubres prácticas estaban contaminando el suelo. Los animales salvajes, mucho más visibles para la población, debido a la incursión de la sociedad en medios antes vírgenes, acudían a los nuevos núcleos urbanos atraídos por el olor de la putrefacción de los nichos poco profundos, lo que aumentó aún más si cabe el porcentaje de muerte por ataque de bestias silvestres.
Todo este cúmulo de circunstancias llevó al gobierno internacional, formado tras el fin de la de la tercera gran guerra mundial, a tomar medidas en el asunto. Concluyeron que lo más conveniente para todos los habitantes vivos de la Tierra, era que los cuerpos inertes de sus conciudadanos fueran enviados al espacio. Con el fin de que todo esto quedara estipulado como ley, fue creado el anexo especial “Post-mortem” en el reglamento del programa espacial, uno de los predilectos del gobierno a la hora de conceder las subvenciones, gracias a la esperanza que todos depositaban en la posibilidad de poder encontrar otros mundos dónde emigrar. En un principio la gente se mostró reacia, pero la pena de cárcel y las multas hacia todo aquél que no cumpliera el “Post-mortem” y el hecho de que la cremación fuera considerada desde hace años herejía, aplacó los ánimos beligerantes. Sin embargo, nadie tuvo en cuenta la opción de enviar al cielo a alguien vivo, como me ha ocurrido a mí. Ni siquiera sabía que sufría narcolepsia hasta que me desperté dentro del ataúd espacial y constaté la situación en la que me encontraba. Ahora solo me queda vagar mirando las estrellas por la pequeña escotilla de cristal hasta que se termine el oxígeno.
Azahara Olmeda Erena (España)
Publicado en la revista digital Minatura 119
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