viernes, 22 de junio de 2012

ADIÓS MONSEÑOR ROMÁN


Se fue Monseñor Román
–como una nube se aleja–;
entre nosotros hay queja
y en Cuba llorando están.
Cuando los buenos se van
queda en la tierra un vacío,
pero el cielo se hace un río
de agua azul y purpurina
y cada estrella se inclina
ante el sol del hombre pío.

El Padre Agustín Román
–como lo llamó su gente–
era la estampa viviente
de un perfecto capellán.
Nunca los píos tendrán
otro cura mejor que él;
amante honesto y un fiel
servidor hasta el martirio;
con alma de rosa y lirio;
con un corazón de miel.

Nuestro Monseñor Román
con el calor de sus manos
se sintió entre los cubanos
como una hogaza de pan.
Hombres como él no se dan
tan a menudo –no hay dos–;
entiéndase que en su adiós
su espíritu no se ha ido
sino que se ha reunido
allá en el cielo, con Dios.

Francisco Henríquez
Publicado en Carta Lírica 40

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