domingo, 3 de julio de 2016
VEINTIOCHO DE OCTUBRE DE 2013
Veintiocho de octubre de 2013. Una fecha como otra cualquiera. Amaneció un día como tantos otros, si bien, desde hacía poco más de un mes, la vida nos había cambiado por completo: nació nuestra hija. La felicidad era plena, aunque habíamos empezado a medir el tiempo de otra manera: de biberón en biberón, de sueño en sueño. Ese día te despediste como siempre, llenándonos de besos a las dos y diciendo con tu mirada cuánto nos querías. Bajaste las escaleras con tu habitual buen humor y tu alegría infinita. Al traspasar la última puerta, nos mandaste nuevos besos con la mano.
Mientras vestía a nuestra hija, recordé los ocho años que llevábamos juntos. Nos conocimos, como habitualmente pasa, por casualidad. Me miraste con insistencia. No podía creer que, de entre todas, sólo tuvieras ojos para mí. Desde ese momento, fuiste el centro de mi mundo. Contigo afronté el miedo a volar. Viajando desde Perú a Tailandia, desde Noruega a la India. Subíamos montañas cercanas, porque tu pasión era la escalada, los espacios abiertos, donde nos quedábamos sobrecogidos ante la majestuosa naturaleza, que tanto contrastaba con tu trabajo en la oscuridad de la mina.
Nos casamos hace un año y cincuenta y ocho días. Ahora voy a tu encuentro con nuestra hija. Conduzco sin prisa, con la radio puesta donde se suceden la música y las noticias. De pronto se interrumpe la melodía con una última hora: "Accidente en el Pozo Emilio del Valle; seis mineros muertos por gas metano. Un ataque letal sin capacidad de respuesta. El soplo invisible de la muerte, el maldito grisú, arranca seis vidas más en la mina de carbón, en los negros agujeros de esta verde tierra".
Aprieto el acelerador. Mi móvil comienza a sonar insistentemente. Espantada por un oscuro presentimiento, lo tiro por la ventanilla. Llego a la explanada donde se abren las bocas de los pozos y, al acercarme, escucho los desgarradores llantos de las familias; su rabia desbocada explotando en forma de juramentos, de gritos de desesperación y de impotencia. Cientos de sirenas sacuden su sonido alarmante entre nuestras amadas montañas.
Salgo del coche apresuradamente y corro como loca entre la gente.
Como la Amanda de Víctor Jara, algunos no volvieron. Tampoco tú, Manuel.
Isabel Ruiz Martín (Lucena, Córdoba)
Publicado en la revista Aldaba 30
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