Me vence la abominable agonía
que me trae tu lejanía.
Galante te recibí,
cuando en el cielo me hiciste sentir,
sin imaginar que me dejarías caer.
Hoy me veo en pedazos,
desperdigados en el suelo.
Marchitas están mi voluntad de vivir.
Cualquier canción me provoca tormento;
el ave de la desilusión
hace nido en mi interior.
Quiero decirle
que ya no le deseo ver.
Las palabras están en mi garganta,
pero no puedo sacarlas.
Tengo miedo de confesarlas
y después deba que retractarlas.
¡Y pensar que todos te aclaman
y te desean poseer!
Debo admitir
que yo también caí en tu red.
Ahora pago lo que sea
por desintoxicarme de tu ser.
Eres infierno, eres gloria.
Dime, ¿qué hacer para matar
este afecto, que desquicia mi calma?
Muchas noches en mis pensamientos,
me bebí tu pasión, como tu recuerdo,
que me llevaron al mundo del
verso supuestamente eterno.
Lloro a las estrellas
por el consuelo de ellas
y ninguna se compadece.
Me arodillo ante la luna.
Me consuela su ternura,
pero su luz me insinua
que siga su recorrido,
para que encuentre el sentido
de los días perdidos.
Porque si eres el arrebato
más hermoso de este reino,
aniquilas el pensar del adorador
de tu divino templo.
Ingrid Carolina Amaya -Estados Unidos-
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