Era una pequeña palabra,
venía conmigo a todas partes,
cobijada en un lápiz, casi sin punta,
tímida y miedosa,
no salía, sin tener una acera blanca
donde dejarse caer.
Mi amiga, soledad,
que hoy renquea conmigo,
por el teclado de un ordenador
sin aceras.
Mabel Escribano
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