La noche de mirada fija
tiene ramas dormidas
impresas en su fosca voz.
La noche de brazos luengos,
difumina los posos de estragos
del ansía del día que precede.
La noche con ojos de loba,
acomete actos impuros
con la furia de la pureza.
La noche corteja a las sábanas,
que retorcidas, retozan,
entre los brazos amados.
La noche suspira y languidece,
acrecienta su mito bruno
y aplaude la llamada del deseo.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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