Corría el cálido verano de una época sin tiempo, en unas serranías alejadas del ruido de la gran ciudad. Las tardes, que por momentos se hacían sofocantes, obligaban a buscar refugio a la sombra de alguno de los pocos árboles de aquel solitario paraje. Los pájaros con sus picos entre abiertos, parecían quejarse de las agobiantes temperaturas. De tanto en tanto, algún violento aguacero aplaca la tierra y trae algo de alivio al opresivo calor. El cerro cubierto de reverdecidos pinares implantados en años recientes, a cuyo pie discurría amigable y con un destino fácil de imaginar, un cristalino y saltarín arroyo de sierras, servía de imponente marco y recepción, a la residencia que dominaba desde lo alto, los valles circundantes.
Don Alfonso Oviedo, había sido un valeroso guerrero, gallardo y arrojado. Había hecho –siempre a tenor de sus propios dichos–, probanza de coraje e hidalguía, en la Orden de Caballeros de Calatrava, allá en Castilla la Vieja, la tierra de sus ancestros. Por estos días, entrado al fin en años, debiera haber estado disfrutando de su merecido retiro, lejos de los trajines y la fatiga de los campos de batalla en los que tal vez, luchó algún día. Allá se habría forjado la fama y el prestigio del que no deja una contienda sin terminar. Allá se habría hecho popular por el tesón con que acometía todas sus empresas. Sus causas siempre habrían sido las de los débiles, las de la justicia, las de alguna damisela ultrajada, las de las reivindicaciones de su señor, a quien seguramente habría servido con templanza y fidelidad.
Pero por inescrutables cuestiones del destino, tal vez de aquellas en las que los hombres no pueden optar, ahora estaba enfrascado en una desigual batalla que libraba con hidalguía, la batalla final contra una pléyade de monstruos y arpías–criaturas absolutamente contrahechas y repugnantes, como surgidas de los avernos–, que lo acosaban día y noche. Allá, en la soledad de su alcázar en la colina, se batía contra un enemigo que no conocía ni comprendía. Un enemigo que devoraba todo a su paso y amenazaba con borrar hasta los cimientos, del que hasta entonces había sido su mundo.
El alcázar, constituía el último baluarte, en el aparato defensivo de su señorío. Era preciso resistir. No obstante, nada parecía detener a estas entelequias demoníacas e ignotas, incontenibles en su avance. Sólo la presencia de ánimo de nuestro hombre, su fortaleza moral, y sus artes de guerrero, parecían mantener encendida una pequeña luz de esperanza, con relación a los resultados de un combate que, por lo demás, debiera haberse abandonado ya, tiempo atrás.
Ora corre de una punta a la otra de la torre blandiendo sus armas, ora grita como un loco tratando de amedrentar y repeler al invasor. Los monstruos –en un número que no es posible definir–, escalan la trabajosa colina. Nadie parece interesarse en la contienda; nadie le presta atención ni ayuda; nadie le asiste. Está completamente solo en su porfía. Está por otra parte, sitiado desde hace tiempo y sin víveres para un día más. Sus fuerzas flaquean. Cuenta sólo con una reserva, de un elixir maravilloso, una poción mágica que mantiene sus energías las cuales, de otra manera ya se hubiesen agotado. No se separa ni un minuto de una pequeña vasija donde guarda el preciado licor. En el frente de la misma, una etiqueta ilegible parece identificar el contenido. Por lo demás, estas vasijas –conserva todavía un par de ellas–, son la única fuente de sustento que le ha quedado, después de días, tal vez semanas de una interminable batalla, de intenso trajinar, de agotadora porfía, sin ingerir ninguna clase de alimento y, sin un vaso de agua siquiera para saciar su sed.
La lucha se prolonga por incontables y extenuantes días. Nadie sabría precisar cuánto puede haber durado la increíble contienda. Agotada al fin, la poción extraordinaria que lo mantiene vital, la suerte parece quedar definitivamente echada en su contra. Por esas noches, la gritería se torna infernal, las criaturas se aparecen por todas partes, sus repugnantes y deformes siluetas, pálidamente iluminadas por la luna, son la vívida imagen del averno, de la muerte, de la destrucción final. El terror más atroz se apodera por momentos del alma de nuestro guerrero que, no obstante, se mantiene empecinado y sólido en la defensa de su baluarte. El estruendo resuena en la distancia. Una noche, un perro a la distancia asustado con los ruidos, inicia una nerviosa letanía de ladridos, otros más allá le responden y en poco rato, todo es un coro de aullidos ululantes, que le ponen a ese momento, un terrorífico telón de fondo. En ocasiones, los moradores de una villa cercana lo habían escuchado, mas pocos parecen prestarle atención. Increíblemente, parecieran como acostumbrados a esas explosiones de violencia. Otras veces, parecen querer ignorarlas adrede, como para tratar de disipar vaya a saber qué clase de profundos temores. Pero aquella aciaga noche parecía diferente, más cruenta, más violenta, más definitiva. Un morador de la villa, quizá preocupado, quizá asustado, se apresuró a buscar auxilio.
Cuando llegó el Dr. Florencio Martínez –quien ya había atendido a nuestro hombre en el pasado–, del dispensario médico de la localidad de Potrero de Garay, eran ya como las dos de la mañana. Oviedo sufría de temblores violentos, estaba extenuado, casi exánime, desorientado e incoherente, pero aún ofreciendo pelea –tenía el palo de una vieja escoba en su diestra–, a unas criaturas cuya presencia, nadie podía percibir. No resultó fácil ganar su confianza y apaciguarlo.
–Está alucinando –sentenció con tono solemne el facultativo–, es un caso extremo de “Delirium Tremens”, causado seguramente por la suspensión brusca del alcohol. Lo vamos a tener que internar de inmediato. Va a ser necesario tratarlo en una unidad de cuidados intensivos, a ver si lo podemos salvar.
Pero el caso es que no había como moverlo del lugar. Fue necesario dejarlo en el rancho, mugriento y desordenado, en el que por todo mobiliario había una mesa de madera descascarada, un par de sillas viejas y un camastro cubierto de trapos hediondos. Temprano en la mañana siguiente, llegaría una ambulancia, de la localidad de Alta Gracia, con la cual se concretaría el traslado. Mientras tanto se le administró un sedativo para que pasara la noche. Después –indicó el Dr. Martínez–, se iniciaría una terapia nutricional para tratar de restablecer su metabolismo. Una vieja, vecina del lugar, quedó a pasar la noche con él, a cuidarlo y velar sus sueños.
Para estos momentos, Oviedo, enjuto de carnes y desgarbado, de cabellos grises y desordenados, casi sin dientes, el rostro curtido por la intemperie, y una mirada intemporal, impresionaba como de unos ochenta años. Cuando llegó la ambulancia a la mañana siguiente, había muerto. En el certificado de defunción, fechado en Potrero de Garay, (en mi querida y mediterránea Provincia de Córdoba), el día 9 de enero de 1990, firmado por el Dr. Martínez, se leía: “Alfonso Francisco Oviedo; Edad: 52 años; Profesión: Jornalero; Causas de la Muerte: Shock cardíaco irreversible provocado por cirrosis avanzada”. Por el piso del rancho, quedaron en desordenado montón, unas cuantas botellas de vino barato, vacías, y un par de palos, tal vez de escoba con los que el infeliz borracho, había pretendido defender su castillo.
El sepelio se realizó sin velatorio, esa misma tarde, en el cementerio de aquella localidad, ordenado por las autoridades de la comuna. La música del silbar monótono de los sepultureros, fue su único mensaje de despedida. Nadie lloró al muerto. Nadie acompañó sus restos. Ninguna piedra marca el lugar del enterramiento. La memoria popular ha preferido borrarlo de sus registros.
FEDERICO SERVANDO RODRÍGUEZ
No hay comentarios:
Publicar un comentario