PRIMERA PARTE
¿Recuerdan ustedes cuando a mediados de los 80, Europa era el tema de moda?. Estaba hasta en la sopa. Recuerdo que la televisión y la prensa no paraban de machacar sobre sus bondades. Era como si a los españoles nos avergonzara nuestra identidad, nuestra tradición y nuestra historia. Ya no queríamos continuar siendo diferentes, ahora queríamos ser europeanos.
Toda la clase política del país perdía el culo por gozar de la homologación europea, pero los socialistas eran quienes más obsesionados estaban con la idea. Querían sacar a España de su atraso secular…” en Europa están la democracia y el progreso”. Eso decían. Así que el socialismo español, tradicionalmente obrerista y anticlerical, se travistió de centroeuropeo, y abandonando sus señas de identidad, aceptó la monarquía, se abrió a las nuevas clases medias y se proclamó socialdemócrata, que no es otra cosa que, la versión socialista del protestantismo.
La gente corriente, ganada por el discurso dominante, se ponía al día cambiando su chaqueta de pana, el pantalón de mahón y los zapatos de cordones, por un chándal con letras y colorines, unas zapatillas deportivas y una cinta en la frente, para exhibirse haciendo footing en el parque, pasear al perro los domingos por la mañana o juntarse con las amigas para, en largas caminatas, despellejar a las ausentes y combatir los michelines acumulados en tantas horas de sofá frente a la tele. Incluso los presos se europeizaron, adoptando el chándal y las zapatillas como uniforme carcelario. El mensaje había calado, nadie podía ponerlo en duda. Los españoles éramos europeos…y además desde siempre.
En los años siguientes llegó de los fondos comunitarios europeos un verdadero chorro de dinero para modernizar el país, hacer carreteras, pantanos y cosas así. ¿Por qué?...Nos explicaron que era por solidaridad, para fortalecer a la joven democracia española…y nos lo creímos. Pero con aquel regalo venía también el cambio de nuestro modelo de vida, costumbres, consumo e identidades. En fin era lo que había que pagar a cambio de la modernidad. Hoy sabemos, que solo fue la zanahoria y que el palo llegaría veinticinco años más tarde, con la actual crisis. Desde entonces comenzamos a pagar a la bondadosa Europa sabrosos intereses, teniendo que malvender para ello lo poco bueno que quedaba del país. Recordemos como comenzó el cambio.
Llegaron la comida rápida, los hiper, la ropa de marca, la Expo, la Olimpiada, el GAL, las autovías, los 4x4 urbanos, el diseño, la moda, la cocina de fusión y la arquitectura de autor. El cine español conseguía los primeros óscares. Abandonamos nuestras plazas mayores y las sustituimos por los malls y shopping center. El fútbol pasó, de ser un deporte, a un gran negocio del espectáculo, financiado por la publicidad, los espónsores y la televisión.
Los bancos del franquismo, cambiaron la imagen opulenta de mármoles y órdenes clásicos, por otra tecno democrática de asépticos muros cortina, laminados plásticos y acero inoxidable. Su nuevo objeto de deseo eran la aristocracia obrera y las clases medias, a las que convirtieron en pequeños capitalistas, hipotecados hasta las cejas con la vivienda, el coche, las vacaciones, la TV de 54”, los teléfonos inalámbricos que hacía de todo,etc…etc… El ahorro tradicional y el pago al contado desaparecieron y con ello llegaron las tarjetas de crédito. Quien no tenía en la cartera tres o cuatro tarjetas no era nadie. Además los bancos te las metían por los ojos. Cuando los niños pedían algo y los padres les respondían que no tenían dinero, los pequeños y aventajados futuros financieros, les decían que solo había que meter aquella cosita por la rajita y el dinero salía solo. Hasta las putas incorporaron la tarjeta de crédito para cobrar sus servicios, empleando para ello aquel instrumento pesado (carramarro le decían) y contundente, que no solo servía para facturar, sino también para exigir el cobro al cliente moroso o remiso al pago.
Las españolas liberadas, trabajando fuera de casa hasta las tantas, dejaron de tener hijos, y de morenas, bajitas y entraditas en carnes, se convirtieron en delgadas, espigadas y rubias. En algunos casos, la extrema delgadez no fue óbice para que, milagrosamente, de la noche a la mañana, les renacieran unas impresionantes tetas.
Para no perder el tiempo con los largos desplazamientos, la gente comía en el bar o en la fábrica y los niños en el cole. Había dinero para comer todos los días fuera de casa. Cuando los hijos eran pequeños, la familia todavía se reunía los domingos en torno a la mesa, pero cuando se hicieron adolescentes, todos comían por tandas ante la tele. Los hijos casados, solo visitaban a los padres por Navidad. Entonces era el momento de sacar enconados antagonismos y tirarse los trastos a la cabeza.
La ancestral costumbre de la siesta española desapareció. No encajaba con la nueva cultura europea de la competitividad y productividad protestante. Al final quedó reducida, como la paella, a las vacaciones y al sopor dominical de la tarde.
La gente vivía al día, volcando todo lo que ingresaba en un dirigido furor consumista, comprándose coches, teles en color, móviles, ordenadores y convirtiendo las cocinas de sus casas (donde ya apenas se cocinaba) en puestos de mando de naves espaciales.
En la costa se levantó una barrera de hormigón de segundas residencias, en las que las familias volvieron a hipotecarse con apartamentitos para las vacaciones. Los bancos nos aseguraron que meter los ahorros en el ladrillo o con unos préstamos a bajo interés financiados por la madre Europa, era la inversión más segura y productiva. Todos quisimos convertirnos en hombres de negocios y jugar a financieros vendiendo y comprando apartamentos. En las barras de los bares, las conversaciones versaban tanto sobre fútbol como de créditos, intereses y finanzas. La cultura del pelotazo había así llegado hasta la tasca, el santa santorum de lo “tipical spanish por excelencia Las inmobiliarias abrieron grandes tiendas y proliferaron como setas. La profesión corredor de fincas (que se consideraba cosa de chorizos menores) se reinventó y prestigió de nuevo.
Los partidos parlamentarios, convertidos en lobbys de poder, se dedicaron a los business y montaron sus propias empresas paralelas para financiarse y colocar a su gente. Los socialistas deslumbrados por el glamour del poder económico, se pusieron corbata, se echaron novias pijas y delgaditas que estaban muy buenas, dejaron el marxismo de lado y metieron al país en la OTAN. Avergonzados de su herencia estalinista, los comunistas cambiaron de nombre por otro más neutro y después…desaparecieron en el vacío ideológico.
Confundiendo libertad con libertinaje, la Iglesia Católica se enrocó en las posiciones más rancias, promocionando algunas sectas del fundamentalismo católico como el OPUS y los KIKOS que con el apoyo del Papa polaco (bastante menos moderno de lo que al principio parecía) desplazaron poco a poco a las históricas órdenes religiosas como los franciscanos o los agustinos que tradicionalmente se habían ocupado de los pobres..
La ganancia del dinero fácil, trajo el fracaso escolar y el abandono delos estudios por los jóvenes. Se dejó de leer libros y la televisión ocupo el tiempo dedicado anteriormente a ello. En la universidad, se abandonaron las disciplinas humanistas y los jóvenes cachorros, con su renovado espíritu depredador, se orientaron hacia las carreras técnicas vinculadas a los negocios y a la gestión de empresa. La ciencia se hizo tecnología, y el conocimiento se redujo a entrenamiento técnico.
Las radios y los canales de televisión, se multiplicaron como clones y se llenaron de chismorreo, las primeras con tertulias políticas y los segundos con tertulias rosa. La política pasó a manos de profesionales, expertos burócratas y funcionarios en excedencia. Los sindicatos de clase, se convirtieron en agrupaciones gremiales de los obreros y empleados fijos de las grandes empresas (los eventuales y los de las pequeñas empresas no interesaban a nadie) y sus dirigentes, acostumbrados a pisar moqueta, se eternizaron en sus cargos, y como viejos elefantes, ahí siguen. También buscaron su propia financiación, aprovechando la demanda cautiva de sus afiliados, y actuando como empresas mercantiles, comenzaron a venderles vacaciones, viajes, seguros, viviendas y toda clase de servicios.
Una gran masa de funcionarios, se extendió como el aceite dando estabilidad a las aguas del sistema. Los artistas se organizaron para proteger sus derechos de autor y la administración convirtió el arte en espectáculo y los museos en circos. Los ayuntamientos descubrieron el filón de los ingresos extraordinarios e instituyeron la especulación urbanística y la corrupción como práctica habitual.
Nuestros jóvenes, ahora más altos (la idea del español chaparro y siempre con mala leche porque follaba poco se eclipsó) comenzaron a brillar en el baloncesto europeo. Dejamos de beber vino y empezamos a beber cerveza. Menos algunos irredentos, casi todos se pasaron del tabaco negro al rubio y del blanco y negro, al whisky. El Faria, el popular puro que estaba asociado al café y a la copa de después de comer, fue desapareciendo poco a poco, en la misma medida en que las autoridades luchaban denodadamente contra el consumo del alcohol y del tabaco, primeras causas de todas las enfermedades y del absentismo laboral.
La justicia, autotitulada democrática, a pesar de incorporar las computadoras, se hizo aún más corporativa, burocrática, estelar, críptica y lenta. Con excepción de la hacienda pública, que hizo de la voracidad recaudatoria el motivo de su existencia, el resto de la administración era un desastre. Si trabajar de guardia municipal en la época de Franco era cosa de vagos, ahora, con la subida de los sueldos era cosa de prestigio. De pronto, todos los concejales, tenían a su mujer o a un familiar directo trabajando en el ayuntamiento.
Se trajeron inmigrantes de los países en desarrollo (subdesarrollados sonaba mal para las educadas conciencias europeas) como mano de obra barata, para ocupar los puestos de trabajo más duros y desagradables y aun así en ocasiones los despreciamos, olvidando los años, en que nosotros también fuimos emigrantes. La España del otro lado del mar quedó en el olvido. En el acta de incorporación que se firmó en Madrid en 1985, por imposición de la puritana Europa, no se hizo mención alguna a Latinoamérica, más allá de una vergonzosa declaración de intenciones, que se metió a última hora para salvar la mala conciencia y la cara. Queríamos pertenecer al club de los desarrollados y solo teníamos ojos para la Europa protestante. Cuando volvimos a aquellos “países hermanos”, lo hicimos como nuevos ricos, para hacer turismo (sobre todo sexual) vender nuestros productos de consumo, comprar sus empresas a precios de saldo y alquilar sus mejores gladiadores del balón para nuestros coliseos.
En resumidas cuentas, que casi todo cambió… y por fin España… esta vez sí… se hizo Europeana…y se modernizó. Solo la ETA, impasible ante las modas y los nuevos tiempos, supo mantener las tradiciones del país y continuó pegando tiros y poniendo bombas.
Como se decía en las viejas novelas por entregas…CONTINUARÁ…o eso espero.
ALBERTO LÓPEZ
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